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GDinr of
J.C.CEBKIIAN
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AUSÍAS MARCH
Y SU ÉPOCA.
MONOGRAFÍA ESCRITA
POR
D. JOAQUIN RUBIO Y ORS,
PRESIDENTE DE LA ACADEMIA
DE BUENAS LETRAS DE BARCELONA, CORRESPONDIENTE DE LA DE LA HISTORIA, ETC. ,
Y PREMIADA EN LOS JUEGOS FLORALES
DE VALENCIA DE 1879.
BARCELONA.
IMPRENTA DE LA VIUDA É HUOS DE J. SUBIRANA
CALLE DE LA PUERTA FERR1SA, NDM. 16
1883 .
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ES PROPIEDAD DEL AUTOR
C. Cr t
r ¿ ¿ n
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AUSÍAS MARCH Y SU ÉPOCA.
4— HH- f
INTRODUCCIÓN.
orpresa no escasa debe causar á quien, al hojear por
vez primera la historia de nuestra patria literatura, se
encuentra de repente, si es que abre por acaso sus pá-
ginas por aquellas en que éste se describe, con el asombroso
florecimiento que alcanzó en el período que abraza los dos dila-
tados reinados de Alfonso V y de Juan II de Aragón, en el cual
descuella, á manera de astro de primera magnitud en medio de
numeroso grupo de estrellas de luz menos viva, el que fué ape-
llidado por el más fecundo y docto en literarias disciplinas de
su época, el marqués de Santillana, «gran trovador y varón
de esclarecido ingenio»; el llamado por la mayor parte de los
críticos de aquellos y de más cercanos tiempos Petrarca valen-
ciano; el estrenuo y animoso caballero y elegantísimo y por todo*
extremo sutil poeta Ausías Mar( h. ¿De dónde deriva el tal flore-
cimiento, preguntaráse sin duda á sí mismo, si es de los que
se placen en remontarse á las causas de los hechos? ¿De qué
punto arrancan las raíces que comunicaron su fecundante savia
al majestuoso árbol poético, cuyas frondosas ramas se dilatan,
embelleciéndolas y ofreciéndoles regalados frutos, por las dos
provincias hermanas, Cataluña y Valencia, y en especial, y
por más de media centuria, por esta última comarca?
No somos de los que creen que existen en los vastos cam-
pos del arte florecimientos aislados, cual en el desierto hállan-
se oasis completamente rodeados, á modo de islas de verdu-
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— 4 —
ra, de mares de tostadas é infecundas arenas, por más que
reconozcamos la posibilidad, por la historia demostrada, de que
á deshora aparezcan, á impulsos de una suprema voluntad crea-
dora, ingenios sobresalientes, en torno de los cuales, y en vir-
tud de la vida que les comunican, brotan y florecen otros, como
retoños de un tronco fecundo. Dando de mano á las excepcio-
nes, y ateniéndonos á lo común y á lo que puede considerarse
casi como ley histórica, es innegable que do quier que se mues-
tra lozana y fecunda , en cualquiera de las ramas del árbol de
la belleza, una manifestación, sea cual fuere, del arte, es, no
tan sólo porque son á su desenvolvimiento favorables el suelo
donde arraiga, y las auras que la mecen, y el calor que la vivi-
fica, sinó porque llegan hasta ella en mayor ó menor abundancia
y por más ó menos conocidos canales , y á manera de hilos de
fertilizadoras aguas, las influencias de otros florecimientos, ó
anteriores ó coetáneos suyos, ya del propio, ya de extraños paí-
ses. Por esto y porque es poco menos que imposible valorar en
su justo precio, ni determinar el carácter verdadero de un pe-
ríodo notable ó de una escuela literaria, sin conocer, además
del medio ambiente, por decirlo así, bajo cuya más inmediata y
directa acción se ha formado, las influencias que más ó menos
han contribuido á darle vida é imprimirle el propio sello y espe-
cial fisonomía que de las demás escuelas ó períodos literarios le
distingue, hemos creído que debíamos, antes de ocuparnos en el
que es, con razón, llamado Príncipe de nuestros poetas, y el pri-
mero en mérito entre los que versificaron en lengua catalana ,
bosquejar á grandes rasgos, — y ojalá acertáramos en el desem-
peño, — los hechos que prepararon el florecimiento en el siglo xv
de nuestra poesía, de que fué aquél el más ilustre representan-
te y el más acabado modelo, y las extrañas influencias que más
contribuyeron, sin perjudicar en nada su nativa originalidad,
á dar á él y á la poesía de su época sello y carácter especiales.
A principios del siglo xiv fórmase y se desenvuelve allen-
de la cordillera Pirenaica, — que no era entonces, cual lo es aho-
ra , línea divisoria de dos Estados, — más por transformación
lenta que por brusco y no esperado nacimiento, una escuela
poética que por el lugar donde tuvo su asiento principal, y por
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la lengua de que se sirve, toma el nombre de tolosano-catalana.
Sus nuevos adeptos, que se dan á sí propios el dictado de cul-
tivadores de la muy noble y excelente dama la gaya ciencia , ape-
llidan ya antiguos, anticz (1), á los trovadores , sin embargo
que algunos, y entre ellos Guiraldo Riquier de Narbona, cuyas
obras, como observa nuestro amigo el señor Milá, señalan la
transición entre la anterior poesía feudal y cortesana y la nue-
va escuela, y que murió en 1294, alcanzan los tiempos inme-
diatos al establecimiento del gay consistorio tolosano.
No es la ocasión esta de investigar las causas que contri-
buyeron á que fuesen extinguiéndose sucesivamente, á la ma-
nera que se pierden en el espacio las últimas vibraciones de
un eco que se aleja, las voces poéticas que por espacio de
cerca de dos centurias habían hecho de la Provenza el país
del amor y de los cantores, y que prepararon el renacimiento
poético de este lado de acá de los Pirineos, que debía subsistir,
bien que no siempre con igual esplendor, por espacio de otros
dos siglos.
No faltan quienes, obedeciendo á preocupaciones políticas,
ó dejándose llevar de manías anticatólicas, atribuyan casi por
entero aquel primer hecho á la cruzada contra los albigenses,
en la cual no aciertan á ver más que una guerra de religión, y
de donde toman pretexto para lanzar sobre la Roma pontificia
más groseros insultos y desentonados anatemas que contra la
misma arrojó el cínico y licencioso (2) Guillermo Figuera. Al
(1) Per so qu' el sabers de trovar, lo qual havian tengut rescost li anticz tro-
vador e civotas doctrinas, las quals degus deis anticz trovadors non han paula-
das et en ayssó gran re deis anticz trovadors si son peccat, etc. Leys d’ amor.
Milá, Los trovadores en España , pág. 41, nota 21.
(2) Ya porque para no pocos es autoridad de grave peso este trovador en sus
rencorosas sátiras contra la Santa Sede, causante, según ellos, de todas las calami-
dades que cayeron por efecto de aquella guerra sobre Provenza; ya porque no se
crea que le calumniamos para rebajarle á los ojos de los que le conocen sólo por
sus serventesios, nos ha parecido conveniente trasladar aquí el retrato que hace de él
el biógrafo provenzal, para quien tanto abundan, como observa el que fué nuestro
amigo Sr. Coll y Vehí (*), los buenos caballeros , los buenos trovadores y las bo-
no* domaos : «Non fo hom, dice, que saubés caber entre los barós ni entre la bona
geni; mas mout se fe grazir ais arlots et ais putans et ais hostes et ais taver-
ners. G s’el vesia bon borne de cort venir lai on el esta va, el era tristz e doleos;
et ades se percassava de abaissar e de levar los arlots. »
(*) De la sátira Provenzal, pág. 160.
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igual délos pájaros que huyen á bandadas de una comarca de-
solada por repentina inundación, ó de un bosque presa del in-
cendio, abandonaron, según ellos, para siempre los trovadores
las antes risueñas campiñas, las florecientes ciudades y las ricas
y hospitalarias cortes feudales del Mediodía de Francia, huér-
fanas éstas de sus antiguos señores, y aquéllas, inundadas de
sangre, puestas por la fuerza de las armas bajo el odiado yugo
de los Cape tos, para ir á exhalar sus tristes desconorts y sus
atrevidos serventesios en comarcas más felices y tranquilas.
Pero sin desconocer ni negar la parte que en la desaparición
en los países de la lengua de oc de la poesía de los trovadores
ambulantes y feudales tuvo aquel lamentable suceso, fuerza
es reconocer que antes que se sintiesen los efectos de aquella
desastrosa guerra, notábanse los síntomas de una próxima deca-
dencia de dicha poesía, por no pocos mirada ya, según el tes-*
timonio de Ramón Vidal, con indiferencia; en cuyas produc-
ciones había entrado por más el artificio que el arte verdadero;
que en algunos de sus géneros había pecado por exceso de mo-
notonía; que había agotado en casi todos, á fuerza de acudir
con sobrada frecuencia á ellas, las fuentes de la inspira-
ción, y que habíase hasta cierto punto vulgarizado á puro de
ser cultivada por tan crecido número de trovadores, algunos
no más que de mediano ingenio, y por muchedumbres de ju-
glares que habían hecho de ella uno como á manera de oficio
mecánico y objeto de grangería.
Gomo quiera que sea, es indudable que la guerra contra los
albigenses, sembrando divisiones y odios y siendo ocasión de
persecuciones, lo fué en gran parte de que algunos trovadores,
más hostiles á la cruzada por lo que de francesa tenía que por
lo que tenía de religiosa, y más adictos al bando de los he-
rejes por perversión del sentido moral que por error de la in-
teligencia, se dispersaran por Aragón y Castilla, en cuyas cor-
tes recibieron no menos generoso é ilustrado hospedaje que lo
habían logrado antes en los castillos de los nobles señores de
Provenza; siendo esto causa de que se conservara en uno y otro
reino como un eco de la antigua poesía trovadoresca; la cual de-
bía ir perdiendo algo de su primitivo carácter, bien que sin des-
prenderse del todo de ciertos rasgos, que eran como el sello de
su viejo abolengo, á medida que iba modificándose bajo la in-
fluencia de la nueva escuela nacida á la sombra de los verjeles
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y al amparo de los magistrados municipales de Tolosa; escuela
que era á su vez una derivación, ó por mejor decir, una conti-
nuación, aunque algún tanto alterada, de la tradición poética
que se conservaba aiin, bien que de cada día menos viva, en
los países de Occitania.
Sería tomar las cosas de demasiado lejos ocuparnos, en un
escrito destinado á dar á conocerá Ausias March y su siglo, en
los trovadores que brillaron en la corte de nuestros monarcas-
condes de Aragón y Cataluña, en el tiempo que medió entre Al-
fonso II, el hijo de Berenguer IV y doña Petronila, y don Pedro
el Ceremonioso. Los Guillermo de Bergadan, los Hugo de Ma-
taplana, los R. Vidal de Bezalú, los Guillermo de Cervera,
los Serverí de Girona y otros deben ser considerados como
poetas provenzales, ya que en la lengua y en las formas mé-
tricas de éstos escribieron sus versos, por más que hubiesen
abierto los ojos á la luz en Cataluña y compuesto aquí sus ser-
ventesios, canciones y tenzones. No hay que buscar todavía
en sus obras el bell catalanesch de nuestra tierra, qüe esti-
maba el buen Muntaner sobre el que se hablaba en los demás
dominios de nuestros condes-reyes.
La verdadera poesía catalana debía nacer algo más tarde:
y aunque no ha de renegar de su antiguo origen, antes por el
contrario se envanecerá en engalanarse con algunas de las
más estimadas preseas con que se adornaron los viejos trova-
dores; y tendrá á orgullo que se le conozca el aire de familia
que traerá de aquéllos, es indudable que la influencia á que
más ceda, el dejo que más se le pegue, el sello con que más
hondamente marque los frutos de su primerizo ingenio, cuando
llegue á sazón de producirlos, serán los que reciba de la es-
cuela tolosana, más acomodada, fuerza es decirlo, á su carác-
ter grave y á la índole de su especial j uicio ; — más inclinado
ésteá producir los sazonados frutos de la razón que las vistosas
flores de la fantasía; — y á su espíritu mucho más práctico que
lo fué el de la antigua poesía trovadoresca.
No es aventurado poner el nacimiento de esta nueva escue-
la, por lo que á Cataluña se refiere, ya que desde ella fué de don-
de se dilató por las demás comarcas ganadas en el siglo anterior
á los musulmanes por la espada del invicto don Jaime el Con-
quistador, á principios del siglo xiv (1), por más que el pe-
(1) En él florecieron todavía Ramón Lull (muerto en 1315), Ramón Bruguera
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ríodo de su mayor florecimiento, en dicha centuria, fuese el del
reinado de don Pedro el Ceremonioso, en cuya corte resplande-
cieron y de cuyos favores disfrutaron poetas de tan alto renom-
bre, entre los nuestros, como Jaime March,el vizconde de Roca-
bertí y Lorenzo Mallol, que son considerados como maestros en
el arte de trovar, y durante cuyo reinado se escribieron algunos
de los tratados (1), que fueron como los códigos á cuyas leyes
debían someterse y según las cuales eran á la sazón con extre-
mado rigor, bien que con estrecho criterio, juzgados los pro-
ductos del ingenio. Cábele, sin embargo, á la escuela poética
catalana la gloria, — y lo decimos muy alto en honra de nues-
tra patria y de nuestras letras por los modernos críticos cas-
tellanos (2) menos conocidas y estudiadas de lo que debieran
serlo, — de que, aunque bija, ó hermana menor, si se quiere,
como la llama Milá, de la tolosana, tanto creció y se adelantó
pronto á ésta, que en lugar de seguir considerándola como á
su maestra, parece que fué á su vez objeto de estudio y de la
imitación de sus poetas, sobre todo cuando llegó á su apogeo
y brilló en todo su esplendor en el reinado de Alfonso V el
Sabio.
No sin fundamento, dado caso que se advierten rasgos es-
peciales y asaz distintos en cada una de ellos, divide el señor
Milá en tres períodos la historia de la escuela poética catalana;
es á saber, en el que va desde el reinado del Ceremonioso hasta
los tiempos en que comenzó á trovar Ausías March ; en el que
abraza la existencia poética de éste, ó sea en los treinta ó cua-
renta años de mediados del siglo xv, que coinciden con el rei-
nado del citado Alfonso V; y por fin, en el que corre entre los
últimos tiempos del poeta amante de Teresa y los primeros
años de la siguiente centuria.
(1228-1315), que compuso una Biblia rimada en romans , y Ramón Muntaner,
que empezó á escribir su crónica en 1330.
(1) Milá, fíesenya histórica y critica deis anticks poetas calalans , pági-
nas 118 y siguientes. Esta obra, que fué premiada en los Juegos Florales del
año 1865 con la medalla de oro ofrecida por el Ateneo Catalán, y á la cual hace-
mos con frecuencia referencia en este nuestro trabajo, es la mejor fuente á donde
se puede acudir para el conocimiento de nuestra literatura poética en los si-
glos xiv, xv y xvi.
(2) Es honrosa excepción entre ellos el Sr. Amador de los Ríos, quien en su
Historia general de la literatura española dió grandísima importancia á la de las
antiguas letras catalanas.
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Distínguese el primero, sobre todo durante una gran parte
del siglo xiv, por el más frecuente uso de palabras y formas
gramaticales provenzales, especialmente en las obras poéticas,
ya que en las prosaicas aparece el catalanesck ó romans más
puro y exento de resabios de la lengua de oc; uso que va dis-
minuyendo, — bien que sin desaparecer del todo ni áun en el
segundo período, puesto que no es difícil encontrar dejos de pro-
venzalismo hasta en Ausías March, — á medida que se van mo-
dificando las formas antiguas, é introduciéndose y generali-
zándose otras nuevas; y se emplea ya más para las obras en
verso la lengua catalana, bajo la influencia de los tratados di-
dácticos acerca el arte de trovar; y empiezan á hacer ley. los
fallos de nuestro consistorio, más atento por ventura á apuntar
los defectos de forma, que al mérito intrínseco de la obra poé-
tica. Así, por ejemplo, el mismo Muntaner, dechado en su
Crónica del iell catalanesck, de que tan prendado se muestra,
provenzaliza cuanto le es dado hacerlo su lenguaje en su Ser -
mó; así se advierte también en aquellos tan conocidos versos
de don Pedro:
Vetlan el lit suy ’n un penser cazut, etc.,
en los cuales son poco menos que provenzales la forma métrica
y el idioma; y así aparecen, en suma, abundantemente salpi-
cadas de provenzalismo las esparsas de los dos March, Jaime
y Pedro, y en especial del primero, de Rocaberti, de Ma-
llol, etc.
Consérvanse también en gran parte de este primer período
muchas de las formas métricas más usadas en la antigua es-
cuela trovadoresca. Adviértese, no obstante, en él, á nuestro
entender, cierto desvío, nonos atrevemos á afirmar si inten-
cionado ó casual, de las formas de corle más lírico y de mayor
artificio á que tan aficionada se mostró la generalidad de
los antiguos poetas provenzales, á par que el más común
empleo de las coplas, en sus diferentes variedades de croadas ,
encadenadas , capcaudadas, unissonants , etc., de versos de
once sílabas con el acento y pausa en la cuarta. En este mis-
mo periodo comienza el uso de los endecasílabos libres
(i estramps ), usados más adelante por Ausías March, con más fre-
cuencia quizás que por ninguno de sus contemporáneos, con
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muy marcada cadencia yámbica, en lo cual cree descubrir
nuestro conspicuo crítico, señor Milá, un efecto de la influen-
cia italiana.
Este escritor, que á un sano juicio y á un ojo certero para
apreciar las condiciones de una obra artística, reúne una gran
desconfianza de sí propio, y un temor, muy poco común en li-
teratos de su valer, y en ciertas ocasiones excesivo, de dar fallos
que parezcan demasiado absolutos, no atreviéndose á afirmar
que existen en el período en que nos ocupamos diferencias li-
terarias entre nuestra escuela y la de los poetas occitánicos,
se limita á decir que tal vez podría hallarse alguna distinción
literaria entre una y otra. Por de poco peso que sea nuestra
autoridad al lado de la suya, no tendríamos inconveniente en
dar por cierto que hasta literariamente, y dejando á un lado
las diferencias de forma que dejamos apuntadas, se distingue
bastante una escuela de la otra, ya en la manera especial de
tratar los asuntos, por lo general en la nuestra más grave,
más filosófica, permítasenos el vocablo, aunque con ribetes de
pedantería, que en la de los trovadores; ya por la mayor pureza
de los afectos y el modo de expresarlos, más conforme con los
preceptos éticos y con las prescripciones del libro de Las leys
d‘ amor (1), y ora por último por el mayor y más puro sentimien-
to religioso que se advierte en las obras de este género y hasta
en las amorosas de nuestros poetas, que en las de los occitáni-
cos, por más que no se hayan elevado , sinó con rarísimas ex-
cepciones, al ideal del mismo.
Gomo, según dejamos apuntado, es Ausías March, como
poeta, el tipo más acabado, la más cabal y genuina representa-
ción del carácter distintivo del segundo período, excusamos
detenernos en notar las diferencias que le separan del anterior
y del que le sigue, ya que se desprenderán, — y allí podrán ver-
las nuestros lectores,— del estudio y juicio crítico que más
adelante hemos de hacer de sus obras.
Por fin, el período tercero y último «se singulariza, añade
el mencionado crítico, por la adopción del verso castellano
(1) Léese en ellas que «li aymador deuhen anar fujin et esquivan tot avol de-
sirier et causa dezonesta.» — Cit. por Milá, Los Trovadores en España, pág 478,
nota.— Y en otra parte, hablando de la falta de castidad: «Et en ayssó,— dice, —
gran re deis anticz trovadora si son peccás.*
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de doce sílabas, la reduplicación de las rimas en las coplas de
ocho versos, á la manera de la octava de arte mayor castella-
na, mostrando además marcados efectos del renacimiento
italiano, que se conocen hasta en el compás más yámbico, se-
gún queda ya dicho más arriba, del verso de once sílabas, y
en una manera de expresarse más culta y latinizada.» En-
cuéntrense muchas de las obras versificadas en ese último pe-
ríodo, después del cual entra la poesía catalana en una época
de decadencia que en Valencia, tan fértil en poetasen el ante-
rior, llegó casi hasta la muerte de la misma , en la modesta
colección, sin pretensiones de cancionero, titulada Jardinet
d 1 Orats , pequeña ontología de rimadores y prosistas catalanes y
valencianos que se guarda en la Biblioteca provincial de Barce-
lona, y en los libros estampados á últimos del siglo xv y prin-
cipios del xvi en la ciudad del Cid.
No hemos de poner fin á esta introducción sin advertir á
los doctos jurados del tribunal que ha de juzgar este nuestro
pobre y desaliñado trabajo, y al público ilustrado á quien por
ventura algún día le ofrezcamos , que apartándonos de la cos-
tumbre, en Cataluña bastante común, y en Valencia constante-
temenle y casi sin excepción usada, de apellidar lemosina el
habla en que escribieron nuestros antiguos poetas, sobre todo
los de allende el Ebro, y valenciana y lemosino-valenciana,
como lo hace el Sr. Ferrer y Bigué (1), la escuela á que per-
tenecen los trovadores de la XV centuria, designamos constante
y sistemáticamente con el vocablo de catalanas, así la lengua
en que nuestros poetas de Cataluña, Mallorca y Valencia com-
pusieron sus trovas, como la escuela á que pertenecen, por
todo extremo distinta, como acabamos de ver de la antigua
provenzal; ó sea la escuela que floreció en la parte de acá de
los Pirineos, nacida y por breve espacio de tiempo educada al
calor y en el regazo de la tolosana , y que se desenvolvió bajo
la influencia de los tratados sobre el arte de trovar (2), de que
dejamos hecha mención, obras en su mayor parle de escritores
tolosanos y catalanes; y en no escasa parte por efecto del es-
(t) En su Estudio histórtco-crilico sobre los poetas valencianos de los $\-
glos xui, xiv y xv.
(2) La influencia de dichos tratados dejóse sentir, como seria fácil demostrar,
sobre los poetas aragoneses, y, por confesióa del marqués de Santillana, hasta so-
bre los de Castilla.
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— 12 —
tablecimiento en Barcelona, á imitación del que había sido
fundado á principios del siglo xiv en Tolosa, del Consistorio
del Gay saber, en el reinado y por órden de don Juan II, el
Amador de gentileza.
Y no se crea que nos lleve á usar aquella denominación un
mezquino sentimiento de estrecho provincialismo: muévenos
por el contrario á hacerlo el amor á la verdad y el deseo de
poner las cosas en su verdadero punto y estado. Nosotros que
hace un momento decíamos que deben ser considerados como
poetas provenzales los trovadores que florecieron en esta nues-
tra tierra en los tiempos que median desde Alfonso II hasta el
reinado de Pedro el del Púnale t, pero que escribieron en pro-
venzal, y que por la forma y el espíritu de sus obras poéticas
pertenecen á la escuela trovadoresca , creemos tener derecho á
llamar poetas catalanes á los que escribieron al calor de las
influencias que dejamos señaladas, en la lengua que fué lle-
vada por la conquista á Mallorca y á Valencia, y tal como en
esta parte de la corona aragonesa se hablaba ; como nos cree-
mos igualmente autorizados á dar el nombre de escuela tolo-
sano-catalana dentro de cierto período, y de catalana en otro,
sin el aditamento del primer calificativo, á la que, acomodán-
dose á nuevas y más locales influencias, se sirvió, depurándolo
cada vez más de antiguos resabios de provenzalismo, de aquel
idioma.
Sabemos cuándo, por quién y con qué motivo se introdujo
aquí la denominación de lemosi para designar el idioma cata-
lán. ¿Mas son razones bastantes para adoptar esta denomina-
ción, que ninguna relación tiene ni con el origen, ni con las
causas que pudieron modificar nuestra lengua, que aparece ya
formada antes que se dejara sentir en nuestras tierras la influen-
cia de la poesía de los trovadores, ni mucho menos con el nom-
bre de ninguna localidad de la patria catalana ni aragonesa, el
que Vidal de Besalú la usara por vez primera acaso por res-
peto á los dos famosos trovadores Bertrán de Born y Guillermo
de Borneil, llamado este último por Dante antonomásticamente
el Lemosi; el que imitando á Vidal la emplearan, á veces obliga-
dos por la ley de la rima, algunos de los autores (1) de los nue-
(1) Sobre totz razonars parlare
Parladura lemoyzina
Es maya avinens é fina.
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— 13 —
vos tratados que se compusieron á ejemplo de sus fíazós de
trobar; que se valieran casi tan sólo de aquel vocablo para
designar la lengua catalana Santillana y Villena, á quienes no
creemos hacer agravio negándoles que sean autoridades dig-
nas de respeto en estas materias, ya que, en especial el prime-
ro, casi únicamente de oidas conocía las obras de los poetas
provenzales, franceses ó catalanes que cita (1); y por último
que Jaime Roig aplicara aquel nombre hasta á la tierra de
donde era hijo:
Criat en la patria que s’ diu limosina
No vol aquest libre mudar son lenguatje?
Mucho dudamos que los de Valencia, por más que es-
timen al autor del Libre de consells como poeta, por igual
manera que se placen en trocar por el nombre de lemosina di
de la lengua que con su independencia de la dominación mu-
sulmana les llevó el rey don Jaime, se conformaran hoy con
aplicar á su patria, á la rica y fértil tierra que riega el Turia, y
cuyas playas platea el mar con sus espumas, el dictado que le
daba aquel poeta de patria lemosina; ó lo que es lo mismo, el
nombre de una de las más insignificantes comarcas donde se
hablaba la lengua de o¿, la más apartada de Cataluña, y la que
menos derecho tenía á que se designase con su nombre la len-
gua de los poetas provenzales y catalanes, ya que por espacio
de dos centurias, — las del mayor florecimiento de la poesía tro-
vadoresca, — estuvo sometida, como formando parte del riquí-
simo patrimonio de los Plantagenets, á Inglaterra (2).
El Sr. Milá advierte que el nombre de lemosi fué más usa-
do por las provincias no catalanas, para las cuales debió ser
más grato que el de catalán. Si así fuese, si por causas que no
queremos averiguar, pero que fácilmente se adivinan, no sonara
bien á los oidos de los mallorquines y valencianos, ya que no
siempre fueron hermanos nuestros, la denominación de cata-
(1) «Extendiéronse creo de aquellas tierras ó comarcas de los lemosines estas
artes á los gállicos,» etc. Proemio , pág. 8, edic. del Sr. Amador de los Ríos.
(2) Formó parte de la dote que llevó á Enrique II de Inglaterra (1182) Leo-
nor de Aquitania. Ganada más tarde (1203) por Felipe Augusto, fué devuelta (1259)
por San Luis á los ingleses, quienes la poseyeron hasta que fué de nuevo incorpo-
rada á la corona de Francia en tiempo de Garlos V, en 1369.
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— 14 —
lana dada á su lengua escrita,— que es en la que aquí única-
mente nos ocupamos — , sobre todo refiriéndose á los siglos de
su mayor florecimiento, ó sea á los en que el más experto y
diligente filólogo no sabría encontrar diferencias verdadera-
mente léxicas ó gramaticales en el idioma usado por los poe-
tas ó escritores en prosa de Cataluña, Mallorca y Valencia,
¿por qué en vez de la denominación lemosina, sin duda la más
impropia que podía adoptarse para significar nuestra lengua,
no aceptan la de provenzal-valenciana, ó la de lenguadociano-
valenciana, que al menos indicaría, por más que fuese de una
manera remota, su filiación de aquella lengua?
Permítannos los escritores y poetas de Valencia que usan
el calificativo de escuela lemosino-valenciana que les recor-
demos que no hubo jamás ninguna escuela poética propia y
exclusivamente lemosina; que cuantos crílicos dentro y fuera
de España se ocupan en la literatura provenzal y en la nues-
tra, hablan de la escuela de los trovadores, de la tolosana y de
la catalano-tolosana, y algunos de la valenciana, pero nunca
de aquélla; como también que, rectificando denominaciones im-
propias, hoy que un más profundo estudio de los hechos y de
las cosas tiende, á dar á los nombres técnicos su propio y ver-
dadero valor, rechacemos, limitándonos al sujeto que nos ocu-
pa, la calificación de dialectos dada al catalán y valenciano (1),
no ya tan sólo por el vulgo de las gentes y por autores hueros
y adocenados, sinó hasta por escritores tan eminentes, y por
tan graves y discretos críticos como, por ejemplo, el señor don
José x\mador de los Ríos, y esto en una obra de tanta impor-
tancia y valor como lo es su Historia de la literatura española .
Concluiremos protestando una y cien veces más que al
hacer esta declaración no ha sido en manera alguna nuestro
ánimo herir en lo más mínimo susceptibilidades personales ni
locales, sinó tan sólo salir al encuentro á los que extrañasen
que no designáramos j imás en este escrito con el nombre de
lemosín nuestro idioma, ni de valenciana la escuela de los tro-
vadores que florecieron tanto en Valencia como en Cataluña en
la xv centuria, explicándoles los motivos que nos han inducido
á obrar de esta suerte. Nuestra divisa como escritores es, según
(t) «Gran número de cultivadores, dire, logró durante este período isiglo xv)
la poesía que tiene por instrumentos los dialectos catalán y valenciano.»
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indicamos ya en otro trabajo, el amicus Planto, sed magis amica
ventas . Podremos errar tomando por verdad lo que no es más que
su apariencia; pero en este caso podrá decirse de nosotros que
rompemos lanzas por un fantasma ; jamás que faltamos á sa-
biendas á las reglas de la justa, ni mucho menos que nos ba-
timos para que ande nuestro humilde nombre en boca de las
gentes.
POETAS ANTERIORES Á AUSÍAS MARCH.
A la manera que el temprano florecimiento de los almen-
dros y la aparición en el mes de Abril de algunas flores pri-
merizas anuncian la llegada de Mayo, y son como el preludio
del reinado de las flores que en este afortunado mes cubren
los campos con sus perfumados mantos de gayos y bellísimos
matices, de igual modo á últimos del siglo xiv y en los albores
del xv aparece un buen número de poetas á quienes parecía
entrarles, según el dicho de uno de los suyos, deseo de soltar
la voz al canto;
Lis prenia talent de cantar,
siendo como anticipado anuncio de la aparición en el cielo de
las catalanas letras del estrenuo caballero y elegantísimo poeta
Ausías March, y de la muchedumbre de cantores que debían
formar su brillante cortejo.
No habría de sernos difícil hallar las causas de aquel dis-
pertamiento de la musa catalana y florecimiento poético, que
llega, en el reinado de Alfonso V de Aragón, á emular el de la
poesía provenzal en los mejores tiempos de su existencia, y
que dejó muy atrás, según en otra parle ya indicábamos, el
de su hermana y maestra la escuela tolosana. El ejemplo del
Dante y del Petrarca estimulando á nuestros ingenios, si no á
igualarles, que esto era empresa por demás difícil, á seguir,
siquiera fuese de lejos, sus pisadas; la nueva luz con que ba-
ñaban las inteligencias, al paso que adelantaban la hora del
nuevo dispertar de su actividad creadora, los albores del rena-
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— 16 —
cimiento, que nos venían de Italia por medio de aquellos dos
grandes poetas, los cuales parecía como que se proponían sa-
tisfacernos por tan generoso modo, como herederos que éramos
de los trovadores, las deudas que tenía con ellos contraída su
patria, por haber sido cuna de Sordelo, de Alberto de Males-
pina, de Bonifacio Calvo y otros varios poetas italiano-proven-
zales (1); el establecimiento en Barcelona del Consistorio del
Gay saber, quien, dando la norma de los certámenes ó justas
poéticas que con frecuencia continuaron celebrándose, así en
esta ciudad como en Valencia durante el siglo xv, y con me-
nos acierto en sus fallos y menos provecho del arte, ya degene-
rado, en la siguiente centuria, sirvió, ora por el aparato de
que se les rodeaba (2), ora por los públicos honores con que se
festejaba á los vencedores (3), de poderoso incentivo á los poe-
tas para consagrarse al culto de la gaya ciencia ; y por último,
la protección, tan generosa como ilustrada, y no á precio de
bajas adulaciones adquirida, con que alentaron nuestros mo-
narcas, desde don Pedro IV basta don Alfonso V, á los cultivado-
res de aquella ciencia, habían de ser motivos poderosísimos
para que, así como el aire se puebla de alegres golondrinas al
retorno del buen tiempo, se poblaran por igual modo de poetas
las comarcas donde más se dejaban sentir las bienhechoras
influencias de tan potentes estímulos.
Por más que no nos reconozcamos obligados á mencionar,
para mejor hacer resaltar la importancia del florecimiento poé-
tico de la época que historiamos, los poetas todos pertenecien-
tes á la misma, cuyos nombres, salvándose del olvido, han lle-
gado hasta nosotros, ya porque no cabría tarea tan extensa en
(1) Fueron varios, y no de segundo orden, los poetas italianos, además de los
citados, que versificaron en lengua provenzal. El mismo Dante, que en su Vulgare tío -
quio se queja de los malos italianos (asi los llama) que seguiau aún en su tiempo
prefiriendo á la suya la lengua de los trovadores, pone, como es sabido, en boca de
Arnaldo Daniel, eu el canto XXVI del Purgatorio, algunos versos en dicha lengua.
(2) D. Martin el Humano asignó al Consistorio de Barcelona cuarenta florines
de oro de Aragón para premios.
(3) D. Eurique de Villcna, que fué presidente de nuestro Consistorio, nos dejó
una extensa relación de las ceremonias con que procedía éste en la adjudicación de
los premios y de los obsequios con que honraba á los que eran considerados dignos
de ellos, que por haberla publicado ya en otro trabajo nuestro, en la Revista titu-
lada El Arte , y más adelante Milá en su ñtsenya histórica y critica , y por ser
muy conocida, nos creemos dispensados de reproducir.
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— 17 —
los límites estrechos de un trabajo de la índole del nuestro, ya
porque no podríamos hacer más que repetir por cuarta ó quinta
vez lo que han dicho Balaguer en su Historia de Cataluña, al
dar á conocer el famoso Cancionero de Zaragoza, nuestro amigo
Milá y Fontanals en su erudita Resenya histórico-critica deis
antichs poetas catalans, y Ferrer y Bigué en su Estudio histó-
r ico-critico de los poetas valencianos en los siglos xm, xiv
y xv (1); creemos, sin embargo, conveniente á nuestro princi-
pal propósito, que es dar á conocer á Ausías March y sus obras;
éstas no tan sólo en sí mismas, sinó en relación con las de los
poetas de la época en que fueron escritas, apuntar algunas li-
geras indicaciones acerca los más notables trovadores que en
ella florecieron, unos como precursores ó maestros suyos; como
sus#compañeros ó discípulos otros que unieron á los de él sus
cantos, bien que sin poder levantar, ni de mucho, su voz hasta
donde llegó la suya; no pocos, en suma, como sus imitadores
después de su fallecimiento. La palmera que luce su gallardo
y erguido tronco cuando se la contempla sola y aislada en
medio de las arenas del desierto, osténtase más altiva y air-
rosa cuando , mecida por los aires en el bellísimo mar de
verdura salpicado de frutos de oro que forma la huerta valen-
ciana, eleva su cabellera por cima de los modestos árboles
frutales que crecen á sus plantas. Así aparece también más
grande el ingenio de Ausías March, y se le admira más como
hombre y como poeta, cuando se le compara con la muche-
dumbre de éstos, que prepararon, por decirlo así, sus caminos,
formaron su cortejo en vida y cantaron aún después de su
muerte, á la mayor parte de los cuales, y hasta á los de más
ingenio, hubiera podido decir él de su laúd lo que Roldán á
los paladines de su tiempo de sus armas :
Nessun le muova
Che star non possa con Roldan a pruova.
Sin que podamos precisar el tiempo en que floreció cada
uno de los poetas que vamos á nombrar , aparecen en los últi-
mos años del siglo xiv y primeros del xv, entre otros trovado-
res de menos fama, Mossen Jordi de Sent Jordi, Luis de Vila-
(1) También este último trabajo fué premiado con una abeja de oro ofrecida
por la Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia.
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— 18 —
rasa, Andrés Febrer y los tres March, Jaime, Pedro y Arnaldo,
pariente también por ventura este último, y tío y padre los dos
primeros de Ausías.
Si bien debió el de Sent Jordi, en no escasa parte, la repu-
tación de que goza al error, harto generalizado entre muchos
de los críticos que antes de nuestros tiempos se ocuparon en
la historia de las letras catalanas (1), de que hubo tres poetas
de aquel apellido, y que aquél, llamado del Rey, fué imitado y
hasta en alguno de sus versos traducido por el Petrarca (2), y
á los elogios que de él hizo en su famoso Proemio el Marqués
de Santillana (3), quien además compuso con motivo de su
muerte una obra titulada Coronación (4), merece sin embargo
en justicia ocupar, si no el primero, uno de los más preferen-
tes asientos entre los precursores y maestros del amanta de
Teresa, á quien unas veces se parece y con el cual otras se
iguala, aventajándole en la claridad del concepto y acaso en
la mayor belleza de la forma poética. Entre las varias compo-
siciones que de este poeta se conocen, que no bajan de quince
á diez y seis (5), puede citarse la canción de opósitos (contrastes),
mencionada por el citado Marqués de Santillana, y que pu-
diera creerse haber imitado en más de una ocasión el mismo
Ausías March, si no fuera la afición á los antítesis uno de los
rasgos característicos de nuestros antiguos trovadores ; y la
compuesta en estramps , que empieza:
Pus lo front port vostra bella sembhmca, etc.,
que podría ponerse al lado de las de aquel poeta, sin que el ojo
(1) Tales como Beuter y Escolano, y siguiendo á éstos, Argote de Molina, Ni-
colás Antonio, Quadrio, Bastero, Torres Amat, etc.
(2) Véase el Diccionario de Autores catalanes , de este último, página 332,
en las notas á la composición que empieza:
Tots joms aprench é desaprendí ensemps, etc.,
donde pone los versos que se supone haber traducido de él el cantor de Laura.
(3) «En estos nuestros tiempos floreció Mossen Jorde de San Jorde, caballero
prudente: el cual ciertamente compuso asaz fermosas cosas, las cuales el mismo aso-
naba: ca fué músico excelente é fizo entre otras una canción de opósitos que co-
mienza: «Tots joms aprench é desaprench ensemps».
(4) Véase la colección de sus obras por don José Amador de los Ríos, página
332, y la nota referente al mismo poeta en las páginas 618 y 619.
(5) Se encuentran siete de ellas en el Cancionero de Zaragoza.
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— 19 —
más experto y versado en la lectura de sus esparsas pudiese
adivinar que no era obra suya. Véase como muestra la última
de sus estancias :
Axí ’m te pres e’ liatz en son car<?re
Amors ardens com si stes en un coffre, '
Tancat jus claus e’ tot mon cor fos dintre,
On no pugués mover per nuil encontré,
Car tant es grans 1’ amor que us ai é ferme
Que lo meu cor no ’s part punt per angoxa,
Bella, de vos, ans esay ferm com torres
En sol amar á vos, blanxa coloraba, etc
Aunque es poco lo que de Vilarasa conocemos (1), puede
colocársele entre los precursores de Ausías, á quien se asemeja
igualmente, bien que sin igualarle, en alguna de las estancias
de sus cinco baladas, que tenemos por las mejores de sus
obras. Merecen citarse la primera copla de su cuarta balada,
que es como sigue:
Si com lo flach qui ’n brega no *s estat
Se feng ardit crehent que sia tal,
Mes quant s i veu en un punt es torbat,
Tal que fugir no ’l sembla cosa mal,
Me pren á mí qu’ ans que tal don’ amás
Me fou semblant que le-y gosás ben dir,
Mes quant e (es?) loch que la pusch requerir
Li parle d’ al é call-me de mon cas.
y algunas de la balada segunda:
Sobres d’ amor m’ a tret de llibertat, etc.
Sin detenernos á hablar de Lorenzo Mallol, en cuyas obras,
no tan ajustadas al carácter que imprimió á las suyas Ausías
March, se advierte más el estilo de la poesía trovadoresca, y
en cuya lengua, como dijimos en otra parte, se notan más
resabios de provenzalismo que en las de otras de sus contem-
poráneos; ni de Andrés Febrer, de quien únicamente por la
(1) Véase Torres Amat, páginas 666 y 667, y Milü, Resenya histórica , pági-
nas 142 y 143.
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autoridad de Santillana, que quizás le confundió con otro
poeta de su nombre, real ó supuesto, sabemos «que fizo
obras nobles», y al cual sólo citamos y ponemos entre los más
distinguidos poetas de su tiempo por su traducción, dada
recientemente á la estampa (1), de la Divina Comedia del
Dante; ni de Arnau March, de quien no conocemos más que
una copla de amores, nos fijaremos en los otros dos trovadores
de este apellido, Jaime (2) y Pedro, ya mencionados.
Prescindiendo, para dejársela á la paciente investigación de
los eruditos, de la cuestión de si la familia de los March es oriun-
da de Jaca, según opinan los escritores valencianos, ó de si
procede'de Cataluña, como, á nuestro entender con más funda-
mento, suponen algunos biógrafos catalanes de Ausías, á cuya
opinión parece inclinarse el docto autor tantas veces citado de
la Reseny a histórica (3); de si tuvo ó no su habitual residencia
en la capital de Valencia, en lo cual pueden caber algunas
dudas respecto de los dos Mossen Pedro y Jaime; y de si este
(t) En Barcelona en el año de 1878, que era el en que escribíamos esta me-
moria, por nuestro estimado amigo y compañero de claustro don Cayetano Vidal y
Valenciano, quien se valió para ello de una copia sacada por su propia mano del
códice existente en la biblioteca del Escorial.
(2) Nos inclinamos á creer á Jaime hermano, más bien que padre, de Pedro,
y por consiguiente tío y no abuelo, como opinan algunos, de Ausías, primeramente
porque siendo autor el Jaime de la Copla equivocada , dirigida á Mossen Pere
March, á la cual sigue la Resposta feta per Moss. P. March d Moss.Jac. March ,
cuyo epígrafe deja de copiar el señor Torres Amat por su cinismo, no es de supo-
ner que se tomara aquel poeta libertades que repugnasen á la moral en una obra
dirigida á su padre; y en segundo lugar, porque en un documento que tenemos ¿
la vista, fechado en Valencia en 1361 (véase el Apéndice núm. 1), aparece Pedro
March reconociendo á Jaime March, de quien se dice que era «de casa d’ aquell
mateix Senyor» (el citado don Pedro IV), una deuda que con él tenia la corte desde el
año 1334; y como en aquella fecha, por joven que supongamos al Moss. Pedro, he-
mos de concederle por lo menos, eii atención á la importancia del cargo que desem-
peñaba, unos treinta años de edad, resultaría que habiendo muerto el Moss. Jaime
después del año 1 400 (*) si hubiese sido padre y no hermano del citado don Pe-
dro, no tan sólo hubiera debido vivir hasta una edad por extremo adelantada, sinó
estar en disposición de ejercer en ella el cargo de diputado general de Cataluña,
cuyo título le da en el documento á que se alude en la nota \
(3) Pag. 127, donde se hallan reunidas las escasas noticias que nos quedan
de Jaime March.
(*) Es una escritura de creación de un censal inserta en el libro de protocolos del notario públi-
co de Barcelona, fechada en 18 de Marzo de 1398, en la cual se leen estas palabras: Jacobus Marchi
mile deputatus Generalis Cathalonix, residen s Barchinone, etc. Existe otra escritura del mismo,
de 11 de Febrero de 1400, en que se le designa con el mismo título.
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— 21 —
último, autor del Libre de las concordances , dispuesto en 1371
por orden de don Pedro el Ceremonioso (1), y que contribuyó
con don Luís de Aversó á la fundación del consistorio del Gay
saber de Barcelona, es el mismo, como creemos nosotros, que el
miles y diputado del general de Cataluña y oficial en la casa
del rey que figura en el documento á que hacemos referencia en
la nota segunda de la página anterior, y en los que citan Torres
Amaten su diccionario (2) y Ferrer en su estudio histórico-crí-
tico (3); cuestiones de escasísimo interés bajo el punto de vista
de la historia literaria para los que opinamos que no existe en
la época que reseñamos una escuela valenciana distinta de la
catalana; y por los que creemos que la historia de una litera-
tura, cuando en ella no reinan más que un solo gusto, una mis-
ma lengua é idéntico carácter, no debe fraccionarse en tantos
capítulos como son las comarcas ó ciudades donde florecieron
grupos más ó menos numerosos de escritores; prescindiendo,
repetimos, de dichas cuestiones, hijas las más veces de un amor
propio de localidad exagerado, ó que sirven á lo más para fingir
lindes ó fronteras donde ni la geografía ni la historia las han
levantado, veamos si cabe señalar la parte de influencia que
pudieron ejercer los dos March, padre y tío, en el desenvolvi-
miento del ingenio poético y en el espíritu y carácter que do-
minan en las obras de Ausías.
Que la atmósfera de poesía que debió respirar éste desde
su infancia en el seno de su propia familia, donde tan ardoroso
culto se daba á la ciencia gaya, debía preparar su mente y su
fantasía á recibir las inspiraciones de ésta y abrir su corazón á
los puros goces de la belleza; que el renombre que como poetas
gozaban, y las honrosas distinciones que de sus monarcas y de
las damas y demás trovadores de su corte habían de recibir aqué-
llos debían ser eficacísimos estímulos que le excitasen á seguir
sus pasos para por ellos llegar al logro de parecidos honores, ni
hay por qué advertirlo ni porqué encarecerlo. Inteligencia asaz
menguada, fantasía por demás pobre, corazón por todo extremo
frío hubiera debido tener el niño Ausías, si el recuerdo de su
tío y el ejemplo y la memoria de su padre, sobrado reciente
(1) Véase el titulo eu Mil k, loe . cit.
(2) Pág. 366 y 370.
(3) Pág. 24 del Boletin, etc.
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— 22 —
la de este último en la época en que debió arrojarse á balbucir
su primeros versos, no hubiesen encendido en su alma la ce-
leste llama y en su pecho el fuego sagrado de la poesía.
Ello no obstante, si debiésemos señalar la parte de in-
fluencia que en el especial sabor y en el carácter de las espar-
sas del que debía ser el príncipe de nuestros poetas ejercieron
las obras poéticas de Jaime y de Pedro, no vacilaríamos en
atribuir la mayor y más visible, si vale decirlo así, al segun-
do. En las escasas muestras de las poesías del primero que
han llegado á nosotros, y más que en otra alguna en la Questió
sobre lo departiment del estiu e del ivern , nos parece advertir
más resabios de la escuela trovadoresca que de la tolosana; sin
que por otro lado resalte en la amorosa que pone en boca de
una dama que había perdido á su amante, de quien dice:
La qual no crey en lo mon n agües par,
la suave melancolía, ó si se quiere la tristeza religiosa que se
advierte en los cantos de muerte del apasionado amador de
Teresa.
Respecto de Pedro, á quien apellida Santillana valiente y
noble caballero, ora porque hubo de sobrevivir (1) á su hermano
Mossen Jaime, muerto, según se presume, por los años de 1400,
ora por el carácter de sus versos, más parecidos á los de su hijo,
no vacilamos un punto en considerarle como maestro de éste.
Hé aquí la primera estancia de una de sus obras morales,
que como para confirmar el dicho del mencionado Santillana,
de que Pedro March «fizo asaz fermosas cosas», copia íntegra
el señor Milá (2):
Al punt c om naix comencé de morir
E morint creix e creixent mor tot dia,
(1) El Sr. Ferrer dice en su discurso que Pedro March otorgó su testamento
en Játiva en 1413. Del documento señalado en los Apéndices con el n. 2, que por
vez primera sale á luz pública en este trabajo, se desprende que debió morir quizás
en dicho año ó á principios del siguiente en la ciudad de Balaguer, á cuyo sitio
asistió sin duda como criado que era de la casa de Alfonso de Aragón, duque de
Gandía, que estuvo al servicio de Fernando de Antequera en aquella jornada, de
triste recordación para los catalanes.
(2) Op. cit. Vide además acerca de los dos March , Jaime y Pedro, A Torres
Amat, Dic. de AA. catalanes , y á Ferrer en el Discurso citado.
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— 23 —
E un pauch moment no cessa de far via,
Ne per menjar ne jaser ne dormir,
Tro per edat more descreix amassa (?)
Tan qu aysi vay al terme ordenat
Ab dol, ab guaig, ab mal, ab sanitat,
Mas pus avan del terme nuil hom passa.
COETÁNEOS DE AUSÍAS MARCH
En el transcurso de breves años, ó por ventura en los mis-
mos días, lamentábase Ausías March de que era escaso el nú-
mero de poetas:
En gran desfals es lo mon de poetes
Per embeilir los fets deis que be obren (1),
y declaraba Sors sentirse embarazado por tener que hablar
antela corte poética de Alfonso V,
Car veig m‘ entorn tan gentil trovador (2).
Si entendía el amante de Teresa hablar de la escasez de
los que consagrasen especialmente su numen á divulgar y
poner por encima de las nubes los hechos gloriosos de los
hombres de su tiempo, por todo extremo justa, mal que nos
pese confesarlo, era su queja. Si tan sólo pretendió afirmar que
en comparación de otras épocas era la en que él floreció po-
bre en trovadores, en este caso, más que al dictamen suyo, por
de peso que sea, nos inclinamos al del trovador de la corte del
conquistador de Nápoles; y á su ejemplo y cual él nos senti-
mos embarazados, puestos en presencia de la muchedumbre de
vates que por aquellos tiempos florecían, para escoger, ya que
(1) Obras moráis ; Stramps , pág. 136, ed. de 1540.
(2) Citado porelSr. Milá, pág. 156.
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— 24 —
no sea posible ni necesario á nuestro propósito hablar de todos,
los más granados de entre ellos y los que mejor caracterizan
la escuela poético-catalana en el que es el segundo y, sin duda
alguna, el más fecundo y brillante período de los tres en que
dividíamos hace poco dicha escuela.
Y al llegar á este punto, y antes de hablar de dichos poe-
tas y del que es sin disputa el primero y más original de los de
la xv centuria, no ya únicamente en nuestro particular Par-
naso, sinó hasta en el más fecundo y rico en ingenios de Cas-
tilla, parécenos oportuno y á nuestro propósito casi necesario,
antes de ocuparnos en Ausías March, y de deducir del estudio
y crítica de sus obras el carácter de la escuela á que pertenece
y de la cual es la expresión más genuina y el más perfecto re-
presentante, según más arriba dejamos indicado, apuntar en
breve resumen la naturaleza y principales rasgos de aque-
lla escuela, más que en ninguno de sus períodos, visibles y
hondamente marcados , en el que va por pocos momentos
á ocuparnos. Y como con más acierto que pudiéramos nos-
otros lo ha hecho el que es consumado maestro en literarias
disciplinas, y en lo que se refiere á las catalanas letras sobre-
saliente, nuestro estimado amigo el autor de la Breve resenya ,
tantas veces aludida, nos limitaremos á trasladar aquí, vertido al
castellano, el pasaje de ésta que se refiere al sujeto que nos ocu-
pa, seguros de que nos lo han de agradecer nuestros lectores
y que ha de ganar no poco en ello esta parte de nuestro trabajo.
«Si hubiésemos de dar una respuesta meditada á quien nos
preguntase qué opinamos de la naturaleza y mérito de dicha
escuela poética, deberíamos en primer lugar advertir que no
era aquella una poesía popular ó natural, sinó una poesía ver-
daderamente artística, es á saber, que atendía no poco á la ha-
bilidad ó maestría de los poetas, ó sea á los primores y á la di-
ficultad en la ejecución y á evitar toda falta, fuese grave ó de
escasa monta; por manera que los méritos de las composicio-
nes han de buscarse principalmente en las bellezas de len-
guaje y de versificación. Ni pretendemos decir con esto que el
lenguaje poético de nuestros trovadores tenga aquella delica-
deza del de los provenzales, que le daba muchas veces cierto
aire de obra musical, ya que el de aquéllos era, si cabe decirlo
así, más tirante (perdónesenos el vocablo) y dispuesto de una
manera casi mecánica; pero también es verdad que estaba muy
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— 25 —
bien ordenado, sujeto á determinado compás y que sabía ex-
presar lo que el poeta quería.»
«Nuestra poesía era más obra de esludio y de cabeza que
de corazón y de fantasía; lo cual provenía de su propia natura-
leza, de la atmósfera en que vivía, del genio pensativo y poco
aficionado á flores de los hijos de este país. Han de excep-
tuarse, sin embargo, de esta regla general muchas composi-
ciones, pues sucedía no pocas veces que la fuerza de los efectos
rompía las trabas con que los sujetaban las prácticas de la
escuela.»
«Y pasando á ocuparnos, continúa diciendo, en la materia ó
argumento de las obras, échase de ver desde luégo, y así en la
nuestra como en otras muchas escuelas, que no pocas veces (so-
bre todo en las amorosas) ocupa el lugar de los verdaderos
afectos cierta gentileza cortesana. Y en. este punto debemos
advertir que si bien doctos escritores han creído, no sin razón,
que era preferible aquella gentileza á la expresión de groseros
apetitos, propia de los antiguos poetas paganos; y si bien es
cierto que los nuestros muéstranse más limpios que los viejos
trovadores provenzales, no hay que figurarse por eso que los
usos cortesanos anduviesen siempre por el más recto camino,
sinó que por el contrario, poco de lo que recogen los historia-
dores de nuestra literatura puede ofrecerse como modelo á los
jóvenes que desean adelantar en el estudio de la gaya ciencia.
Por lo que respecta á la parte literaria, no puede negarse que
semejante gentileza produjo más abundancia de obras, y mu-
chas asaz elegantes y primorosas ; pero también es cierto que
multiplicó las de escasa importancia, y los que la ciencia de
los retóricos apellida lugares comunes .»
«Por lo que hasta aquí llevamos expuesto, termina diciendo
después de haberse ocupado en las especies de poesías más usa-
das en aquellos tiempos , no es difícil conocer cuál es nuestra
opinión acerca de sus méritos, y que ahora más paladinamente
manifestaremos. Nuestra escuela tenía los defectos de todas
las escuelas de trovadores, y esos defectos procedían del equi-
vocado concepto que se habían formado de la poesía, cuyas
fuentes buscaban más bien en una mal entendida ciencia, en
ciertas ideas convencionales y en un arte material, que en el pe-
culiar ingenio de cada poeta y en el amor de la natural belleza.
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— 26 —
Sin embargo, la misma escuela nos ofrece en abundante copia
en muchas de sus obras toda clase de primores; juiciosas y gra-
ves sentencias; pensamientos l egran maestría expresados;
arranques de vivo afecto, lenguaje gentil y elegante y bellezas
de ejecución que nos traen á la memoria que era aquella la épo-
ca del gótico más florido y del comienzo del renacimiento artís-
tico. Y por más que con exceso abundasen ciertos géneros y
determinadas materias, y que á causa de leerse juntas muchas
obras del mismo tiempo se advierta á veces en algunas sobrada
uniformidad, nótase en otras bastante variedad y riqueza. Así
es que, tomadas en cuenta todas las circunstancias, no troca-
ríamos nuestra escuela por ninguna otra de trovadores ; y si
bien no podemos enorgullecemos de poseer ningún Dante, po-
demos proclamar algunos nombres, no tan sólo de diestros é
ingeniosos versificadores, como Yalmanya, Sors,Romeu Lull,
Gazull y otros, sinó de verdaderos poetas, tales como Pedro
March, maestro en poesía moral, Jordi, autor de algún canto
de no escaso precio, Corella, que es quien más se aproxima
al estilo de la moderna poesía, y sobre todo Ausías March y
Jaime Roig, que nos exigen más detenido estudio (1).»
Que además de los caracteres especiales y de los rasgos
fisonómicos que dan determinada y propia vida á la poesía
catalana en aquel su segundo período, se revela también en
ella, al igual que en el período anterior, la influencia de extra-
ñas literaturas, en especial de la italiana y de la clásica, una
y otra más conocidas y estudiadas desde que, á consecuencia
de la conquista del reino de Nápoles por Alfonso Y, se hicieron
más frecuentes las relaciones políticas y literarias entre las co-
marcas orientales del reino aragonés y la Italia, no hay necesi-
dad de apuntarlo. Y si bien va disminuyendo la influencia de la
literatura provenzal y no es tan visible cual en la anterior cen-
turia la de la literatura francesa, en cambio adviértese, sobre
todo después de la muerte de Ausías March, ó sea desde la se-
gunda mitad de su siglo, la de la poesía castellana, resultado
natural del advenimiento al trono de Aragón de la dinastía de
Trastamara y del frecuente trato, en la corte de aquel soberano,
de los trovadores de Castilla y catalanes, á quienes por igual
prodigaba sus favores, y más adelante de la unión de las dos co-
tí) Pág. 135 y siguientes.
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— 27 —
roñas, aragonesa y castellana, al heredar los estados de su pa-
dre D. Juan, Fernando II.
Indicábamos hace un momento lo embarazados que debía-
mos hallarnos para escoger entre la muchedumbre de poetas
de aquel tiempo, de que se conservan obras en los antiguos can-
cioneros de París y Zaragoza, los más notables y que mejor y
más claramente caracterizan nuestra escuela poética en el men-
cionado período. ¿A quiénes, en efecto, conceder los primeros
asientos alrededor de Ausías en el coro de poetas que éste pre-
side y por encima de los cuales tan alto brilla, entre el fecundo
Torrella, el grande admirador del amante de Teresa; Leonardo
de Sors, en una de cuyas más importantes obras no puede
menos de reconocerse la influencia del Dante; los dos Masdo-
vellas; el laureado Antonio Valmanya, en alguna de cuyas ri-
mas se revela no menos conocimiento de las producciones de
los grandes maestros de las letras italianas, que de los más
señalados poetas de la literatura latina; Johan Fogassot, apa-
sionado admirador del desgraciado príncipe de Viana, en
cuya muerte escribió una sentidísima elegía ; Fr. Rocaberti,
que fué de los poetas de su tiempo el que en su Gloria de
amor más de cerca siguió las huellas del autor de la Divina
Comedia , imitándole, no ya tan sólo en el carácter alegórico que
imprimió á aquella obra, sinó hasta en la forma desús versos;
el fecundísimo Romeu Lull, en quien se ve patente la influen-
cia de Ausías March; Mossen Juan Roig de Corella; Mossen
Bernardo Fenollar, Miguel Estela, y otros menos conocidos, y
quizás más dignos de serlo, pero cuyas rimas dejaron perderse
en el olvido la excesiva modestia de sus autores, ó la ninguna
diligencia de sus contemporáneos en recogerlas y trasladarlas
á la posteridad?
Aun á riesgo, sin embargo, de que desde el fondo de las ig-
noradas sepulturas donde yacen, al dispensar, sin quererlo,
más honra á unos que á otros y á las obras de aquéllos mayor
estimajqueá la de éstos, nos den voces los agraviados, protes-
tando de la ligereza ó injusticia de nuestros fallos, hemos de ha-
cer especial mención de los que, á nuestro juicio, sean dignos,
no ya de compartir con Ausías su fama, ya que á este punto no
llegó ninguno de ellos, sinó de que se les saque de la oscuridad
ú olvido á que se les ha tenido por los extraños y hasta por los
propios, vergüenza causa tener que confesarlo, condenados.
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— 28 —
Y empezando por Romea Lull, sin que se entienda que res-
pecto de él y de los que vayamos sucesivamente citando nos
propongamos someternos al orden cronológico, ni menos aún
al de su respectivo mérito, imposible aquél hoy por la falta de
datos biográficos, y éste, por lo poco que de sus obras sabemos,
dificilísimo de fijar; y empezando, repetimos, por Romeu Lull,
apenas conocido hasta que el Sr. Milá divulgó los títulos de
sus composiciones en su Resenya y que dió á la estampa el
Sr. Briz algunas de ellas, religiosas y de amor (1), desde luégo
podemos decir en su elogio, que le tenemos, á juzgar por las
que de él nos quedan, por uno de los más abundantes poetas y
diestros rimadores de su tiempo; y si bien en las poesías de
aquel primer género nos parece que se le puede poner por
debajo de Corella y de otros poetas de menos renombre, le tene-
mos por uno de los más afortunados y discretos imitadores
de Ausías en las eróticas, y en especial en la que llora la
muerte de su amada, á quien apellida alguna vez Arxiu de
seny y casi siempre Par esenspar y á la manera que aquél Lir
entre carts á la suya: en lo cual y en la afición que muestra á
versificar en estramps es imposible no ver claros indicios de
haber tomado por modelo al trovador amante de Teresa. Hé
aquí como muestra de ello la siguiente estancia:
Vingut es temps que ‘n amor daré terme
E mon parlar mudará novell lay
Puys que l‘a mort ab s‘ aspasa tan ferma
Ha convertit tot mon delit en guay.
Mon cant será per tot temps cridar ay
Fins aurá fí ma dolorosa vida;
Ja tarda molt la dolga departida
Que desig tant que no-m par vinga raay.
Una composición suya en la cual, desmintiendo que hubiese
hablado mal de su querida, pide que caigan sobre él, si no es
verdad lo que dice, todo linaje de males, es, según el Sr. Milá,
después de otras iguales ó parecidas de Bertrán de Born, Pe-
trarca y Mallol, la cuarta y última de su género. Véase su prin-
cipio:
(1) Al publicaren 1868 en esta ciudad varios fragmentos de la ya citada on-
tologíu, hasta entonces de pocos leida, rotulada con el extraño título de Jardinet
d i Orats,
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— 29 —
Si us he mal dit en pensar ni per obre
No ‘ni do Deu be ni lo que li deman;
Si us he mal dit la casa ‘m caigue á sobre;
Si us he mal dit muyra com á dampnat;
Si us he mal dit veurem puga orat
En 1‘ ospital que ja mes lo seny cobre (1).
Bien que separándose á veces del género y del estilo de las
obras del príncipe de nuestros poetas, de quien debió ser, sin
embargo, grande admirador, dado caso que tiene una llamada
Complantá de amor compuesta de trozos suyos, merece citarse
entre los que más fama hubieron de lograren su tiempo, no
menos por sus versos que por ser de la servidumbre del prín-
cipe de Viana, á Pedro Torroella, de quien existen varias com-
posiciones en el Cancionero de París y hasta veinte y dos en
el de Zaragoza. Su obra más notable, y que no carece de im-
portancia literaria, es su Codolada, según la llama Milá, que
empieza:
Tant mon voler se ‘s dat (a) amors,
bastante parecida en su forma al Conhort de F. R. Ferrer, y
en la cual introduce como interlocutores hasta veinte y ocho
poetas provenzales, castellanos y catalanes. Reservándonos
para cuando hablemos de Jaime Roig ocuparnos en este li-
naje de composiciones, debidas á la influencia de la poesía
occitánica, nos limitaremos á advertir aquí que por esta com-
posición, bastante extensa (2), por la obra satírica que em-
pieza:
Doleuvos enamorats
E vestius tots vos de negre
Car jo pens que us pendra febre
Escoltant mes veritats, etc.
(1) Jardinet d k Orats , pág. 49.
(2) Lo publicó por vez primera, que sepamos, copiado del Cancionero de Za-
ragoza, el Sr. Balaguer en su Historia de Cataluña , tomo 111, pág. 722 y si-
guientes.
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y por su poesía castellana, titulada Condició de las donas :
Quien bien amando persigue
Dueny así mesmo destruye, etc.,
es por lo que dejamos de colocarle entre los poetas de la es-
cuela de Ausías, aunque le tengamos por uno de los más no-
tables de su época.
Entre los que de más alto renombre en ella disfrutaron, y á
quien uno de sus contemporáneos se adelantó á comparar no
menos que á Virgilio, ocupa por ventura el primer lugar el
valenciano Mossen Juan Roig de Corella. Si es cierto, como
afirma el Sr. Ferrer y Bigué, que sostuvo amistosa correspon-
dencia con el desafortunado príncipe de Viana, quien sobre-
vivió dos años al que lo fué de nuestros trovadores, bien puede
colocársele entre los contemporáneos de éste, por más que al-
canzase á ver los albores de la xvi centuria. Maestro en sa-
grada teología , aunque se revela su afición á las letras clásicas
en las obras en prosa, por demás culta y limada, en que trató
asuntos mitológicos (1), y que alguna vez como poeta empleara
su lira en sujetos profanos, como lo prueban, entre otros, los
versos en estramps con que termina la llamada Tragedia de
Caldesa (2), no indignos algunos de ellos de figurar al lado de
los mejores de Ausías March, fué sin embargo la poesía reli-
giosa la de su especial predilección y en la que dejó la mejor
muestra de su ingenio, al par que la más acabada y tierna
composición que en dicho género nos ha legado la escuela poé-
tica catalana del siglo xv. Nos referimos á la intitulada: Ora-
ció á la Senyora N ostra tenint son fill Jesús á la falda demllat
de la eren, y de la cual ponemos como muestra su primera es-
tancia:
Ab dolor gran que nostres pits abeura,
E greu dolor qu‘ el nostre cor esquinsa
(1) Tales como las producciones tituladas: Lo Rahonament de Telamó é de
Ulises sobre las armes de Achiles; Lo plant dolorós de la reine Hecuba sobre la
mort de Priam; La Istoria de Leander; La lamentado de Mirra filia de Si-
nara, etc .—Jardinet d‘ Orats , pág. 93 y siguientes.
(2) Mourás corrent la tremuntana ferma
E tots enserap los cels caurán en trossos (*), etc.
(*) Jardinet i ‘ Orats, pág. H9y 120.
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Venim á Vos, filia de Deu é mare,
Que nostra carn deis ossos se arranca,
Hi 4 1 sperit desija l 4 esser perdre,
Pensant que, mort per nostres grans delictes,
Ver Deu é hom lo fill de Deu é vostre,
Jau tot estés en vostres castes faldes.
No conocemos, fuera de los versos ya citados, ni los demás
de que hace mención en su artículo sobre este poeta el señor
Ferrer, ni la traducción de la Vida de Jesús, escrita por el Car-
tujano, ni la de los Salmos, titulada Epsalteri trelladat del
llaii en romang, de que hace mención dicho crítico. Sin embar-
go, aunque no hubiese escrito más que aquella tan tierna como
inspirada oración, que está muy por encima de las muchas
poesías que de asunto religioso se escribieron en aquel siglo,
nos asociaríamos al parecer de aquel escritor de que «no debe
confundirse á Corella con la generalidad de los versificadores,
sinó que merece especial mención entre los poetas del siglo de
oro déla literatura valenciana.»
Otros varios poetas pudiéramos citar, como Fogassot, Val-
manya, que siguieron con más ó menos fortuna el camino tra-
zado por Ansias March, en particular en sus poesías amorosas,
— no en su espíritu, que en esto no tuvo quien se le pareciese —
sinó en la forma y giro especiales que dió á su esparsas , y que
por lo tanto contribuyeron con su ingenio algunos de ellos,
con su numen todos, á dar esplendor y más marcada fisono-
mía á la escuela poética catalana. Sin embargo, como ni ésta
se ofrece bajo un solo aspecto, ni es únicamente la influencia
de March la que en ella domina, ya que, según dejamos indi-
cado, muéstrase en la misma la de otras literaturas y la de otros
géneros, dejaríamos sin terminar y sólo en una de sus partes
bosquejado el cuadro que de aquel período literario estamos
con mejor buen deseo que fortuna reseñando, si en otros de sus
especiales y también característicos aspectos no nos ocupára-
mos. Pero como los poetas que más contribuyeron con sus
producciones á imprimírselo ó que son la más genuina repre-
sentación de los mismos, tales como Gazull, Fenollar, y sobre
todo Jaime Roig, aunque alcanzaron los tiempos de Ausías, es-
cribieron casi todos en la segunda mitad del siglo xv, y por
consiguiente después de la muerte de aquel poeta, hemos
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creído deber interrumpir aquí por algiinos momentos nuestra
tarea, para proseguirla en ocasión que consideraremos más
oportuna, á fin de ocuparnos ya en la vida y en las obras del
inmortal amante y cantor de Teresa.
VIDA Y OBRAS DE AUSÍAS MARCH
Y JUICIO DE ÉSTAS
De pocos ingenios que hayan alcanzado viviendo aún, el re-
nombre del que es objeto de este nuestro estudio, habrá que
lamentar más escasez de datos biográficos. Ni los contemporá-
neos suyos, que le tomaron por guía y modelo como poeta; ni
los que después de su muerte le admiraron y reconocieron como
maestro; ni los que más tarde, pero en tiempos en que vivían
todavía en la memoria de las gentes los recuerdos de los suce-
sos de su vida, le tradujeron ó le comentaron, nos han dejado
más que escasísimos datos acerca de su persona y de sus ac-
tos; ni él mismo , cual si creyese que, bastando para inmorta-
lizarle sus poesías, no tenía necesidad para pasar á la posteri-
dad más que de revelar su nombre,
Yo som aquell que ’m dich Ausías March,
se dignó hablar de su persona ni de los hechos de su vida, muy
al contrario de lo que acostumbran hacer en nuestros tiempos
muchos de los que se dan á sí mismos el nombre de poetas, quie-
nes, atentos en demasía á que las generaciones venideras no ig-
noren las más insignificantes circunstancias de su existencia,
revelan hasta aquellas cosas que, que para honra suya y respe-
to á la moral, hubieran debido permanecer ocultas. Lo único
que en limpio sacamos de la lectura de las melancólicas estan-
cias de Ausías es que, combatido su corazón por dos afectos,
como el mar por dos encontrados vientos, acabó por elegir
per haber d’ amor vida,
aquella en quien cifró todos sus deseos:
Si com la mar se plany greument é crida
Com dos forts venís la baten egualment
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Hu de levant é V altre de ponent
E dura tants fins i’ un vent Y ha jaquida
Sa forsa grant per lo mes poderos;
Dos grans desitjs han combatut ma pensa,
Mas lo voler vers un seguir dispensa,
Y yo ’l vos publich amar dretament vos;
(i Canto II de amor . — Aixi eom cell.)
aquella que, siendo para él cual lirio entre cardos, fué por él
amada como no lo ha sido mujer ninguna por otro hombre, y
que habiéndole sido arrebatada por la muerte, la lloró con lá-
grimas cuya amargura templaba á veces la esperanza, no exenta
sin embargo de duda, de que en el cielo, donde esperaba reunirse
de nuevo con ella, gozaba más puros y duraderos amores.
Omitimos por impertinente y ya gastada la cuestión del ori-
gen, de la familia y de la patria de nuestro poeta. Tenemos al
abolengo de los Marchs por de origen catalán ; pero opinamos
que se estableció, aunque por ventura no en todas sus ramas,
en Valencia, donde logró heredamientos que le otorgaron don
Jaime en tiempo de la conquista , y más tarde y por especial
favor otros condes-reyes de Aragón ; y por natural de aquel
reino, por más que no podamos fijar el lugar de su nacimiento,
á Ausías. ¿Cabe, en efecto, disputar la patria que le vió nacer,
á quien por tan evidente inanera la revela él mismo en sus
obras?
La velletat en valencians mal proba,
E no sé com yo fassa obra nova.
(Canto VIII de muerte . — Obrir no puch.)
y si hubiese todavía algún catalán que, por exagerado y mal
entendido amor patrio, se empeñara en sostener que lo es de
aquel poeta Cataluña, le recordaríamos que Serra y Pos-
tius (1671-1748), á quien pocos de los que hoy viven podrán
igualar en el amor y entusiasmo por las cosas de su tierra,
escribió una disertacioncita encaminada á probar que Ausías
no fué hijo de Cervera, ni de Barcelona, sinó que era, aunque
de abolengo catalán, valenciano de nacimiento.
Declarábamos hace un momento quién fué su padre. Como
hijo suyo le nombra Pedro March en el testamento de que de-
jamos hecho mérito al hablar de este trovador insigne. Mas ¿en
3
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— 34 —
qué año, poco más ó menos, vino al mundo? La mayor parte
de sus biógrafos (1) fijan su nacimienlo en los jprimeros años
del siglo xv, y á este dictamen parece inclinarse el Sr. Ferrer
y Bigné, que es de entre los que conocemos el que más noti-
cias ha logrado reunir acerca de nuestro poeta. Sin embargo,
atendida la edad avanzada á que debía haber llegado su pro-
genitor, Mossen Pedro, al tiempo de su muerte, ó sea en 1413
ó 1414, ya que, según se desprende del documento que hace
poco citamos, debió haber nacido en el primer tercio del siglo
anterior, nos inclinamos á creer que más bien debe colocarse
el nacimiento de Ausías en los últimos años del siglo xiv que en
los principios del xv. Del primer verso de los dos hace poco ci-
tados deducen con razón sus biógrafos que llegó hasta la vejez.
¿Mas quién les ha dicho que aquellos versos fueron escritos en
los últimos años de su vida, único caso en que, áun exagerando
el significado de aquel vocablo, pudiese Ausías ser tenido como
viejo, si en realidad hubiese abierto los ojos á la luz en los al-
bores de la xv centuria? Y si aquellos versos fueron escritos
en años anteriores, como cabe suponerlo, encontrándose como
sé encuentran en uno de sus cantos de muerte, ¿no nos vería-
mos obligados en este caso á adelantar algunos más la fecha
dé su nacimiento?
No queda duda que Ausías March siguió la carrera de las
armas, y hasta se sospechaba por sus biógrafos que había to-
mado parte en las guerras de Alfonso V para la conquista del
reino de Nápoles. De estrenuo caballero se le califica en el tí-
tulo de sus obras; con Apolo, en sus versos, y con Marte en el
ejercicio de las armas se le iguala por Gil Polo en su Canto
del Turia:
Ya veo al gran varón que celebrado
Será con clara fama en toda parte,
(1) Los más antiguos de que tenemos noticia fueron Diego de Fuentes y Vicente
Mariner; pero uno y otro son sumamente pobres de datos en sus biografías. En
uno de los ejemplares, en el de la edición de Valladolid de 1555, perteneciente á
la escogida biblioteca de D. Manuel de Bofarull, que tenemos á la vista, se lee ma-
nuscrita la siguiente interesante nota: «Francesch Jharoni Ramo á demanda de serta
Senyora noble valenciana escrigué molt difusament la vida del magnífich y strenuo
caballer Mossen Ausías March.» El señor Salvá, que vió dicho ejemplar y que co-
pia esta nota en el Catálogo de su biblioteca , dice que han sido inútiles cuanta^
diligencias se han practicado para averiguar el paradero de esta biogratía.
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Que en verso ai rojo Apolo está igualado
Y en armas está ai par del fiero Marte.
Ausias March, etc.,
y él mismo en sus rimas hace frecuentes alusiones á la vida
del soldado y al arte de la guerra. De haber peleado bajo las
banderas de aquel insigne monarca tenemos hoy una prueba,
á nuestro parecer irrecusable, en un documento que sale tam-
bién por vez primera á luz en este nuestro trabajo (Apéndice 3),
y es una carta dirigida á aquel rey por sus enviados ó embaja-
dores, como á sí mismos se llaman, según parece, á Valencia, á
fin de invitar á los nobles de este reino á tomar parte en su ex-
pedición contra Nápoles, en la cual escriben que, «habiendo
estado en Gandía, no han encontrado quien se haya ofrecido á
servirle, más que Mossen Luís de Aragón y Ausias March.»
La carta, como puede verse, no lleva fecha y por lo tanto no
es dado señalar desde luégo y con certeza en cuál de las ex-
pediciones realizadas por aquel monarca tomó nuestro poeta
parte. Sin embargo, el estarfirmada en Valencia en l.°de Julio,
la indicación que en ella se hace de que debían hallarse á últi-
mos de dicho mes en aquella ciudad los que se comprometie-
sen á servir en aquella jornada á su soberano, da lugar á sos-
pechar que la expedición para la cual se invitaba á los nobles
valencianos á tomar las armas era la que salió en un buen
golpe de naves del puerto de Barcelona el 21 de Agosto 1424,
cuyas banderas habían sido solemnemente bendecidas en esta
ciudad el 4 de Junio, y en celebridad de cuya expedición tu-
vieron lugar en la plaza del Borne de Barcelona unas justas
reales en que tomó parte, como principal mantenedor del
campo, el mismo monarca (1).
Mas si tan sólo por congetura, aunque á nuestro entender
asaz fundada, se colige del mencionado documento que Ausias
March tomó parte en aquella hazaña, en cambio puede dedu-
cirse de él con fundamento que debía ser Gandía la residencia
habitual de los March, por ventura desde que el Mossen Pedro
fué nombrado para desempeñar el cargo de tesorero del duque
de aquel título. En dicha ciudad otorgó, como recordarán nues-
tros lectores, su testamento el citado Mossen Pedro, y ¿quién
(1) Campmany. Apéndice al tomo II de las Memorias históricas , página 30
y siguientes.
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sabe si en ella ejercía el hijo, después de la muerte del padre,
el mismo cargo que habla desempeñado éste en la casa de
aquel magnate? Ignoramos si los eruditos valencianos han exa-
minado los archivos civil y eclesiásico de aquella ciudad; pero
se nos figura que un paciente y concienzudo examen de los
mismos había de revelarnos no pocos de los sucesos hasta
aquí ignorados de la vida del estrueno caballero y elegantí-
simo poeta valeciano.
Plácenos figurarnos á Ausías March asistiendo á las men-
cionadas justas de Barcelona, embarcarse aquí en la flota real,
pelear en Ñapóles á la sombra de las barras aragonesas, acos-
tumbradas entonces á reflejarse triunfantes y á manera de
ondulantes listas de oro y rojo en las plateadas olas del Me-
diterráneo, y tomar parte y ganar fama de animoso en los glo-
riosos hechos de armas que terminaron con la conquista de la
poderosa ciudad reina del Mediodía de Italia. Mas ¿cuánto tiem-
po permaneció el trovador soldado en aquel bello país de las ar-
tes y de las ciencias y en la corte del ilustrado y generoso mo-
narca, donde por espacio de muchos años hallaron espléndido
hospedaje toda clase de cultura y los hombres doctos en todo
linaje de humanas disciplinas, y que fué uno de los primeros
y más brillantes focos del renacimiento; del monarca egregio
y valiente, como ninguno de los de su tiempo y cual pocos de
las edades pasadas loado en vida y llorado en muerte por la
numerosa pleyáde de poetas que á su lado florecieron,, y de
quien Ausías, en cuyo pecho no había al parecer lugar sinó
para el amor de Teresa y para el dolor después que la hubo
perdido, escribió que no temía al ensalzarle pecar por exceso
en su alabanza:
Pahor no sent que sobre laus me ven$a
Llohant aquell qui totes lengues llohent,
para celebrar cuyas hazañas le pareció que escaseaban poetas
En gran defals es lo mon de poetes
Per embellir los fets deis que be obren,
y al cual, en suma, consagraba uno de sus cantos, no sabemos
si escrito en la corte misma del rey ó después de su vuelta de
Italia?
¿Su amor á Teresa prendió en su corazón, mal guardado con-
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ira sus tiros, por creer que le sería escudo la santidad del día
en que fué herido:
Amor, Amor, lojorn que 1‘ ignocent
Per be de tots fou posat en lo pal
Vos me ferís, car jo am guardaba mal
Pensant qu‘ el jorn me fora deffenent,
antes de trocar su lira de trovador por la espada de caballero,
ó después que depuesta ésta tornó á descolgar de los venerados
muros del paterno hogar el viejo instrumento cuyas cuerdas
habían vibrado ya bajo las manos de sus progenitores? Ansias
se llevó á su sepulcro, tan ignorado como lo fué su cuna, este
otro secreto de la historia de sus amores.
Se ha dicho que Ausías fué amigo, en cuanto pueden serlo
quienes han nacido en regio tálamo el uno y de noble alcurnia
el otro, de Garlos de Viana, y que éste fué grande admirador
del inspirado trovador valenciano. Que pudieron existir cordia-
les relaciones entre el que fué el rey de los poetas de su siglo
y el que, no habiendo logrado ninguna de las dos coronas que
llevó su padre y á las cuales su nacimiento le daba derecho,
mereció ceñir la de cultivador de las letras ó protector de los
ingenios de su tiempo, cosa es por todo extremo creible. Mas
si realmente existieron, en ninguna de las obras suyas que
han llegado hasta nosotros ha tenido á bien revelárnoslo. ¿En
dónde y cuándo nació esa amistad, dado caso, que no negamos
ni admitimos como un hecho cierto, que hubiese existido? Si
en Nápoles, como por lo general se cree, deberíamos suponer
un viaje de Ausías, ya anciano, ála corte de Alfonso el Mag-
nánimo, ó á Sicilia, ó á Mallorca, y en cualquiera de esos su-
puestos debió ser brevísimo el tiempo que pudo gozar del trato
personal y de la estimación del docto y desventurado príncipe,
pues éste no pasó á aquel reino hasta 1456, y á las dos islas ci-
tadas hasta el 1458 y 1459, que era el mismo en que cerraba
Ausías los ojos á la luz en su casa de Valencia.
Como la demasiada claridad perjudica al efecto de ciertos
cuadros, cuyo principal mérito consiste en la vaguedad de las
líneas y en la delicadeza y suavidad de las tintas, por idéntica
manera ofende á veces la fama de ciertos personajes históricos,
que parecían más bellos y grandes en medio de las penum-
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bras donde se destacaban y al través de la neblina en que
parecían como envueltos, la luz sobrado viva que arrojan
sobre ellos y sobre sus hechos los documentos históricos. Tal
ha sucedido con nuestro poeta. Mientras no le conocíamos
más que por sus sentidísimas esparsas , impregnadas de cierto
perfume de melancolía cual el que se exhala de los cipreses que
rodean un sepulcro, creimos ver al cantor más apasionado, al
par que el más cristiano y casto de los amadores, rodeado, como
las figuras de las tablas de la escuela del Angélico, de un nim-
bo esplendoroso y místico; al cantor que había hecho de su co-
razón una ara y un incensario de su lira ; al trovador que no ha-
bía visto nunca del amor sinó el espíritu donde reside, jamás la
corteza, más ó menos bella, donde está éste encerrado; al vate
que, salvos tres ó cuatro cantos en que, cediendo acaso á in-
fluencias nada sanas, se había permitido decir mal de las mu-
jeres, no había visto á éstas sinó transfiguradas, por decirlo
así, en su amada Teresa. Mas hé aquí que una mano escudri-
ñadora saca de entre el polvo de un archivo documentos hasta
ahora ignorados, y muéstrase por ellos el hombre con todas
las debilidades, con todas las miserias que son patrimonio de
nuestra flaca naturaleza, y al proyectarse la sombra de éste
sobre la imagen y el nimbo del poeta, que tan bellos y tan bri-
llantes mostrábanse antes á nuestra vista, pierden parte de su
hermosura aquélla, parte de su esplendor el segundo.
¿Fué tan casto el amante de Teresa como de sus cantos
parece desprenderse haberlo sido? ¿Las lágrimas de dolor con
que riega la sepultura de su amada fueron siempre ofrenda
digna de aquella á quien las dedicaba ? Por el erudito anota-
dor del Canto del Turia sabíamos ya que Ausías había con-
traído dos veces matrimonio; la primera con doña Isabel Mar-
torell, de quien enviudó antes de 1437, y la segunda con doña
Juana Escoma, que murió también antes que él, aunque se
ignora en qué año (1). De ninguna de las dos logró, según pare-
ce, sucesión. ¿En qué época de su vida tuvieron, pues, lugar
sus amores con Teresa, en la cual, por platónicos que los supon-
gamos, no fuesen ofensa, si no á la santidad del matrimonio,
por lo menos al exclusivo cariño que se deben mutuamente los
esposos, ó en que éste no perjudicase á la sinceridad de los
(1) Notas al Canto del Turia , pág. 242.
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sentimientos que en sus versos se revela ? Sin embargo, no es
esto lo que más daño hace al buen nombre de Ausías como
amante y como poeta, dado caso que aquellos amores, aunque,
llorados, al parecer, toda su vida, pudieron ser una pasión de
sus juveniles años ; sinó sus relaciones ilícitas con otras mu-
jeres, y entra éstas con una antigua esclava suya (olim sclava.
mia, dice en su testamento), llamada Marta, de las cuales tuvo
cuatro hijos bastardos, tres varones, Juan, Pedro y Felipe, y
una hembra, Juana (1).
Después de las escasas noticias que hemos logrado reunir
del príncipe de nuestros trovadores, nada más sabemos de él,
sinó que fué señor de Benierjó, título que parece haberle sido
concedido por Alfonso V; que debió tener su residencia habi-
tual y por ventura su casa solariega en Gandía ; que figuró en
las Cortes de Valencia de 1446, y en suma que murió en esta
ciudad, en la parroquia de Santo Tomás, en la cual poseía
también dos casas, un sábado, 3 de Marzo de 1459. Hubo de
ser enterrado, según ordenó en su testamento, en lo cimente -
ri de la Sen de Valencia en lo vas ó capella deis March , en lo
claustre de la Sen propio capítol; «pero los restos de varón
tan insigne, dice el señor Ferrer y Bigné, difícilmente po-
drían ser hoy encontrados para ocupar el lugar que les co-
rresponde en un panteón de hombres célebres.» Para honra de
la bella ciudad que baña el Turia sería de desear que sus hijos
pusiesen el mayor empeño posible en descubrir las cenizas del
gran poeta y de su padre, que deben hallarse confundidas en
un mismo sepulcro, y que les levantaran un monumento en la
ciudad donde exhaló aquél su último suspiro.
Como otros muchos ingenios castellanos y catalanes de su
tiempo y de los siglos siguientes, Ausías supo unir en amisto-
so maridaje el ejercicio de las armas y de las letras, y añadir
al dictado de «gran trovador,» con que le honra Santillana, el
de «valeroso y estrenuo caballero» que le ha dado la posteri-
dad. Despréndese de la lectura de sus obras que debió ser muy
versado en filosóficas disciplinas y en humanas letras; que hubo
(!) Así los nombra, en calidad de heredero al primero y de legatarios á los
demás, en su testamento y codicilo, existentes en el Archivo general del reino de Va-
lencia, de cuya lectura no hemos podido disfrutar, y que únicamente nos son cono-
cidos por lo que de ellos dice el señor Ferrer y Bigné en su Reseña ya citada, Apén-
dice número 1 , pág. 93.
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— 40 —
de tener frecuente tralo con los poetas latinos, y en especial
con Ovidio y Virgilio; que le eran familiares los troveros y los
trovadores provenzales y catalanes; que conocía á fondo á los
poetas italianos, y entre ellos al Dante, á quien recuerda con
frecuencia por la severa concisión y adusta rigidez de su frase,
y al Petrarca, á quien, como veremos más adelante, imita en
varios pasajes de sus cantos.
Al igual que Horacio pudo Ausías, al legar á la posteridad
el volumen de sus estancias, exclamar: Exegi monumentum
are perennius. Hemos acompañado hasta su sepulcro á su au-
tor; detengámonos al pié de ese monumento, que al igual que
al erigido por el Venusino ha de vencer en duración el bronce,
no tan sólo para admirarlo como poetas, sinó para estudiarlo
y examinarlo como críticos, en la seguridad de que subirá de
punto nuestro entusiasmo por él, como resaltará más la gran-
deza y hermosura del mismo cuanto más adentro en su exa-
men y estudio penetremos.
En cuatro grupos han distribuido los editores de March,
sin duda acomodando su división á la que hallaron establecida
en los más antiguos códices, sus diferentes esparsas, á saber:
en cantos de amor , morales , uno espiritual y otros de muerte .
Forman los primeros la parte más extensa é importante de
sus obras.
No es fácil tarea juzgar las poesías del eximio vate valen-
ciano, ya que, dominando en ellas por igual manera, y casi po-
dríamos añadir que en idéntica medida, la pasión y la razón,
el ardor arrebatado del amante y el frío análisis del filósofo,
aquél dando calor, éste adelgazando y como envolviendo en ne-
bulosidades metafísicas sus conceptos, con dificultad puede el
crítico dar su fallo sobre el valor de sus versos, sin poner su
propio corazón en estado de sentir lo que el autor de éstos sen-
tía, sin preparar su inteligencia para disponerla á comprender
lo que la suya pensaba. De no hacerlo así córrese grave riesgo
de ver en muchos de sus pensamientos, más que las ideas de
un alma que, replegada en sí misma, estudia, escudriña y ana-
liza sus propios afectos, las exageraciones y excentricidades de
una mente enferma: porque, como dice él mismo de los pri-
mores que amor le revela , son
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— 41 —
Tais que ’ls sabents no basten á compendre,
E quan ho dich de mos dits me desmenten
Dant a parer que folies coses parle.
Cant XXL — Fantasiant , etc.
Así, pues, no perdiendo nunca de vista que sus amorosos
conceptos fueron
Sens algún art exits d’ bom fora seny,
deponga el que pretenda juzgarlos la inflexible regla y el ri-
guroso compás de la común crítica literaria , útiles á los más
para poder apreciar los lunares de expresión ó de forma métrica
que deslucen alguna que otra vez sus esparsas; tenga principal-
mente en cuenta que, alejando, al igual de Horacio, al profano
vulgo, ó sea á las ignorantes muchedumbres que pasean los
ojos indifentes sobre los versos de los poetas , como los niños
sobre las flores de un jardín, tan sólo para gozar un instante
de sus perfumes y olvidarlos en seguida, nuestro trovador invi-
taba únicamente á la lectura de sus cantos á los que estaban
tristes ó á los que hubiesen en algún tiempo experimentado los
graves deleites de la tristeza ;
Qui no es trist de mos dictats no cur,
O 'n algún temps que sia trist estat ;
ó bien á los que, sintiéndose enfermos de alguna pasión, bus-
casen en dicha lectura su remedio :
E lo qui es de mals passionat
Per ferse trist no cerque loe secur;
Lisca mos dits mostrant pensa torbada.
Cant I . — Quino es trist , etc. *
Hase comparado Ausías March á Petrarca, y no han sido po-
cos los que han creído haberle juzgado con añadir al nombre
del amante de Laura el epíteto de valenciano. Como es más fá-
cil estimar las personas y las cosas por su valor relativo que
por el absoluto: como es por punto general más claro y exacto
todo juicio que resulta de la comparación por semejanza ó por
contraste de un objeto con otros de igual índole, creemos que
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han de ganar nuestros lectores con que nos aventuremos á for-
mular el juicio que hagamos acerca del que es considerado
como el príncipe de nuestros trovadores, comparándole en al-
gunos de sus aspectos con el que lo fué de los líricos italianos.
Que existen algunas semejanzas entre nuestro poeta y Pe-
trarca es un hecho á todas luces evidente. Que se encuentran
en las obras del primero pensamientos y versos que hacen que
sin querer se vengan á la memoria otros parecidos del segundo,
no hay quien, habiendo recorrido las páginas de uno y otro, lo
ignore. Pero que el trovador valenciano, aprovechando la cir-
cunstancia casual de haberse enamorado, como el italiano, en
una iglesia el Viernes Santo, haya celebrado esta circunstan-
cia por igual manera y con palabras muy parecidas á las de
éste (1); que haya destinado nuestro poeta algunos cantos á
llorar la pérdida de su amada, cual consagró aquél multitud
de sonetos á la muerte de la suya ; y que un observador erudi-
to y diligente versado en la lectura de las obras de ambos inge-
nios pueda apuntar, como con gran diligencia lo hizo el que
fué nuestro amigo, señor Amador de los Ríos, varios versos de
March que pueden creerse inspirados por otros del amante de
Laura, no son, á nuestro parecer, fundamentos bastantes para
sobre ellos establecer la semejanza entre uno y otro ingenio,
ni deducir que fué el nuestro imitador del italiano.
Cuando de los pormenores en algunos hechos, puramente
fortuitos, relativos á la existencia de uno y otro poeta, y de al-
gunas semejanzas, que pueden ser las más de las veces casua-
les, que se encuentran en el modo de manifestar idénticos afec-
tos, pasamos á examinar cómo uno y otro sintieron el amor
y lo expresaron en sus versos, preséntanse á la vista dos
amantes, cada uno de los cuales se ha hecho de aquél un ídolo
(t) Recuérdense los versos que acerca de aquel hecho citamos hace poco de
Ausías, y compáreseles con los siguientes con que refiere el principio de sus amo-
res Petrarca :
Era 1 giorno ch’ al sol si scoloraro
Per la pietá del suo Fattore i rai;
Quant’ i fui presso et non me ne guardai
Que i be' vostri occhi Donna mi legaro,
Tempo non mi parea da por riparo
Contra colpi d' Amor, pero m’ audai
Secur senza sospetto!
Soneto II.
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— 43 —
especial y con diferentes atributos, y dos poetas que lo han
expresado por muy distinta manera y venerado con diverso
culto.
Se ha calificado de platónico el amor puro, casto y respe-
tuoso de Petrarca á la esposa fiel y cariñosa de Hugo de Sade.
El honor de caballero y el respeto á la santidad del matrimo-
nio por su parte, y por parte de su querida sus deberes sa-
grados de esposa y su dignidad altiva de mujer no le per-
mitían tener otro. ¿Sería profanar los calificativos llamar al de
Ausías amor cristiano, ó si se quiere, y hasta cierto punto,
amor místico? Hé aquí cómo hablaba de él nuestro poeta :
Fantasiant amor á mi descobre
Los grans secrets qu ais pus subtils amaga,
E mon jorn ciar al horaes es nit fosea,
E visch d’ acó que persones no tastan.
Tant en amor 1* esperit meu contempla
Que par del tot fora del eos se aparte,
Car mes desigs no son trobats en home,
Si no en tal que la carn punt no ’l torbe. *
Y de una manera más clara y expresiva en la siguiente es-
parsa :
Si com los sants sentints la lum divina
La lum del mon conegueren per ficta,
E menyspreant la gloria mundana
Puig major part de gloria sentien;
Tot en aixi tinch en menyspreu e fástig
Aquells desigs que complits amor minva,
Prenent aquells qui del esperit mouen
Qui no *s lassat ans tot jorn multiplica.
Cant XXI. — Fantasiant , etc.
Hé aquí por cuán discreta manera, hablando de las diferen-
cias que existen entre el lírico italiano y el valenciano, en quie-
nes tanto como dos hombres distintos cree ver dos muy diversos
principios , caracteriza Quadrado á uno y otro. « Petrarca,
dice, considera el amor en sus efectos; Ausías en su esencia y
origen: el uno, distinguiéndolo con dificultad de su amada,
sólo lo considera encarnado en sus gentiles miembros; el otro
fija en él sus ojos de águila, sorprendiéndolo cara á cara, sin
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— 44 —
forma alguna, en toda su abstracción: el nombre de Laura se
halla en cada verso de su poeta; Auslas una vez sola nombra
á Teresa, y áun se ignoraría que fuera ésta su dama, si no vi-
niera á apoyarlo la tradición: el amor de Petrarca tiene arco,
venda y saetas; es todavía el amor de Anacreonte, menos sus
miradas lúbricas y lo voluble de sus alas; no es el elemento de
vida ó muerte, el sol resplandeciente ó la llama infernal que
alternativamente ilumina á nuestro trovador (1).» Tan sólo una
vez hace aparecer aquel amor Ausías en sus versos para recor-
dar que tiene flechas de oro, plata y plomo, y que después de
haber disparado en otros tiempos todas las de aquel primer me-
tal, se quedó una con que le hirió á él:
En aquell temps que primer d’ aquest fou
Les fletxes d’or amor totes lan^á
E desmembrat una s’en aturá
Ab que ’m feri
Cant LXXII . — 0 vos mesquins , ete.
En suma, el amor de Petrarca, aunque puro, parece detenerse
en las cualidades exteriores de su amada, tal es el placer que
halla en describirlas; mientras que el de Ausías sólo aspira á
la voluntad
qui es en Fariña infinida,
lo cual hace que pueda jactarse de que
$0 que ’m fa vos amar
No m’entra pas solament per la vista;
y decir á su querida .
Vostre esperit es aquell qui ’m conquista;
y exclamar en suma, ponderando acaso con exceso la pureza
de su amor:
Si com Sant Pau Deu li sostregué Fariña
Del cors per que ves divináis misteris ,
Car es lo cors del esperit lo carcer,
(1) Ausías March .— Museo Balear , 15 de Marzo de 1875; pág. 135.
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— 45 —
E tant com viu ab ell es en tenebra,
Ax¡ amor Tesperit meu arrapa
E no hi aeull gens maculada pensa,
E per $0 sent lo delit que no’s cansa,
Si que ma carn lo ver amor no’m torba.
Fmtasiant , etc.
De esta diversa manera de comprender y sentir el amor los
dos poetas italiano y valenciano ha debido seguirse el dife-
rente modo de describirlo y expresarlo. Abrid por donde que-
ráis las rimas del Petrarca, y encontraréis apenas un soneto
en que no os hable de
ó de
i eapei d’oro a i* aura sparsi
Che *n mille dolci nodi gli avolgea;
il lampeggiar del angélico viso,
ó bien
di quei begli occhi
(ove) il vago lume oltra misura ardea:
que no os diga una y otra vez que,
Non era Y andar suo cosa mortale,
Ma d’ angélica forma, e le parole
Sonavan altro che pur voce humana:
que no os pondere por exagerado modo el tormento que le causa
su velo, más cruel para el que
Nebbia che ’l ciel cobra e ’l mondo bagni,
y que
due begli occhi adombra
E par che dica: Hor ti consuma et pagni;
ó que no recuerde
l’aura antica, e i dolci colli,
y las
vedove herbe et le torbide acque
E il voto e freddo nido in ch’ ella giaque;
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— 46 —
ó por último en que, confundiendo como en un sér, por la ana-
logía de los vocablos, el laurel ( Lauro) y Laura, no ensalce á
aquel árbol cual pudiera ensalzar á su propia amada.
Si al menos se hubiese contentado con ponderar las cuali-
dades físicas de su ídolo; con cantar hasta las más insignifi-
cantes circunstancias y pormenores de la historia de su amor,
que duró de quince á veinte años; con recordar los favores
que de ella logró, y que fueron, á lo más, hoy una palabra de
amistad, otro día una mirada menos severa, el de más allá un
movimiento de ternura ál separarse de ella! Pero Petrarca, bien
así como los artistas griegos que se complacían en levantar
los simulacros de sus dioses en el fondo de un solitario y fron-
doso valle, ó en medio de una fértil y verde llanura limitada
por encantadoras perspectivas, ó en lo alto de un promontorio,
á fin de que la hermosura y grandiosidad del paisaje diese ma-
yor realce á las de la estatua , por igual manera gózase el
amante de Laura en evocar á cada paso, como para mejor des-
cribir las perfecciones de ésta, las más bellas imágenes del
mundo físico, ó sea las esplendentes auroras, las puestas de
sol de mil matices, los ríos que se deslizan suavemente mur-
murando entre los álamos, los frondosos bosques, los escondi-
dos y misteriosos valles, lugares todos los más á propósito para
murmurarse al oido palabras de cariño los enamorados, y cuan-
to, en una palabra, parecía poder servir de fondo al cuadro de
sus amores, ó de expresión ó eco á los suspiros suyos ó de su
querida. Fijad, por el contrario, vuestros ojos en cualquiera de
las páginas de las obras del trovador valenciano, y de seguro,
aunque leáis todos sus versos no lograréis trazar en vuestra fan-
tasía ni siquiera la más vaga imagen de la mujer con tanta pa-
sión por él amada; ni acertaréis á adivinar si era en la ciudad
ó en el campo donde la veía y le pintaba el estado de su alma,
tranquila y placentera cuando en amoroso éxtasis contemplaba
sus perfecciones morales; agitada como mar tempestuoso cuan-
do tenía que echarle en cara ingratitudes ó desdenes.
No sabemos de ningún poeta que más reservado se haya
mostrado en alabar la hermosura del objeto de su amor. En una
página de sus obras cabrían los versos en que más ó menos
indirectamente alude álas cualidades físicas de aquella á quien,
sin embargo, llamaba bella ab bon seny , y lir entre carts en
muchas de las tornadas de sus cantos.
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— 47 —
Hé aquí de cuán distinta manera que Petrarca alaba los
ojos, el ademán y la voz de la que ama:
Yo viu uns ulls haver tan gran potenza
De dar dolor e prometre plaher,
Y esmaginant viu sus mi tal poder
Que ‘n mon castell era esclau de remenea.
Yo viu un gest é sentí una veu
D’ un feble eos, e cuydara jurar
Qu* un home armat yo ‘1 fera congoxar
Sens romprem peí yo ‘m so retut per seu.
Cant IV . — Lo viscahí , etc.
En cambio, y en esto se diferencia por todo extremo del
amante de Laura, loa repetidísimas veces, ya pondere su amor
y celebre esperanzas, ya llore olvidos ó lamente desprecios, el
entendimiento de aquella á quien llama con frecuencia plena
de seny , como que era esta la cualidad que en ella más es-
timaba.
Ausías March, quesee que nadie cual él conoce los secre-
tos del amor, y que afirma que éste se eclipsará cuando élffiuera,
Deis grans secrets puch ser Apocalipsi:
Yo defallint Amor fará eclipsi,
Cant XCII . — Tot entenent , etc.
pretende y repite en multitud de sus esparsas que nadie en el
mundo ha sentido como él, ni cual él ha amado:
Callen aquells qui d’ amor han parlat
E deis passats delint tots llurs escrits,
En mi pensant metenlos en oblits:
En mon esguart nengu es namorat;
ya que es de tal índole y tan sin esperanza el dolor que le ator-
menta, que Dios lo reservó tan sólo para los condenados y para
los que mueren sin esperanza:
Per ais damuats nostre Deu la (passió) retench,
Sois per aquells qui moren sens esper;
Cant XLII . — Callen aquells , etc.
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— 48 —
y tales son sus tormentos que los que sufren los demás amado-
res ni le infunden miedo, ni son para él siquiera una amenaza:
Aquells affanys que 4 ls amadors acacen
E sons común é quasi manifests,
No son en mi, ni de semblans d' aquests,
No 4 m fan pahor, ni sol mi no menacen.
Por eslo cree que sería mejor para él no pensaré pasar la vida
durmiendo:
Plagués á Deu que mon pensar fos mort
Y que passás la vida en durment.
Cant XXX. — A$i com cell , etc.
ó bien, como dice en otro canto,
Lo milis de mi es com en res no pens;
Tot quant yo puch de pensar me defens.
Y es que, según confesión propia, habiendo buscado la
vida por el camino de la muerte:
Per lo camí de mort he cercat vida;
le aconteció
Si co ‘lmalvat que ‘n paradis vol cabré
E ver 1’ infern ab cuytat pas camina,
Y axi com cell que de raitgjorn les terres
Va encercant per vent de tremuntana.
Cant LXXXIII . — Per lo cami , etc.
Y en realidad si hemos de juzgar al amante de Teresa por
sus obras, por idéntica manera que pocos amadores le igua-
lan en la pureza de su pasión, pocos, ó por ventura nin-
guno puede comparársele en el ardor de la misma. Y si bien
en sus esparsas se advierten apenas, ó encuéntranse muy de
tarde en tarde los fogosos arrebatos y las impías imprecacio-
nes de que están llenas las endechas de los poetas de pálido
semblante, mustia y afeitada frente, negra y rizada melena de
cierto moderno bando, para quienes no había compañía más
grata que la de la luna, ni rumores á sus oidos más dulces que
el de los cipreses balanceándose al leve soplo de las auras
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— 49 —
nocturnas, ni más poético placer que ir á maldecir de la vida
entre lujosos panteones de mármol, y á cuyos dolores, para que
nada les faltase de pomposo y teatral, era de ley que les acom-
pañase la apóteosis del suicidio; en cambio ¿quién trocaría
esas románticas tristezas, esos dolores de aparato, por los de
nuestro poeta, viviendo siempre á solas con ellos, como el er-
mitaño con los recuerdos de su vida pasada, como el que en la
desgracia se alimenta únicamente de las memorias amargas de
las perdidas felicidades, meditando sobre ellos, analizándolos
con más minuciosidad y detenimiento que el anatómico el co-
razón que tiembla y como que palpita aún bajo su escalpelo ,
y gozándose á veces en contraponerlos, á fin de que sea más
acerba la pena y la punzada más aguda, con las ajenas ale-
grías?
Colguen les gents ab alegria festes,
Loant á Deu, entremesclant deports;
Plasses, carrers e delitahles orts
Sien cercats ab recont de grans gestes;
E vaja yo los sepilieres cercant
Interrogant ánimes infernades.
Cant. XXV . — Colguen les gents , etc.
Yo som aquell que ‘n lo temps de tempesta
Quant les mes gents festejen prop los fochs,
E puch haver ab ells los propris jochs
Vaig sobre neu descalg ab nua testa.
Cant X . — No 'm pren aixi, etc.
Las esparsas de Ausías son como un largo monólogo de su
corazón ó de su mente, cuyos únicos testigos y oyentes son el
dolor y el amor, en quienes y para quienes parece que única-
mente vive. Ningún poeta ha podido con más razón que él
llamar al llanto su amigo y enemiga suya la risa:
Amich de plor é desamich de riure.
«Entrégase á la tristeza, ha dicho Quadrado, como á su se-
ñora querida; le da culto en la soledad y jamás la nombra sin
que un epíteto de dulzura venga á templar su acíbar; jamás
termina un canto sin haber hablado de las lágrimas, de los se-
cretos atractivos del sufrimiento.»
4
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— 50 —
Creemos excusado advertir á los que no hayan leído ú ho-
jeado siquiera las obras del gran trovador, del más original y
verdadero de los poetas eróticos, que aquella constante medi-
tación sobre sí mismo, aquel concentrarse siempre y apoyarse,
por decirlo así, en una misma idea, debía producir desvaneci-
mientos en su inteligencia y vértigos en su voluntad: debía
causar, al igual que al monómamo la idea fija en que vive, al
par que la aparición en todos sus escritos de un pensamiento
constante y en armonía con el estado permanente de su espí-
ritu, un gran desorden en sentimientos é ideas. Y esto es lo
que realmente pasó á nuestro poeta y lo que se revela en todos
sus cantos, así en los de amor como en los de muerte; y esto
es lo que ha hecho que pudiese decir el señor Milá de algunos
de ellos, con su acostumbrada concisión y gráfica manera, «que
per eix costat fan de mal llegir (1).» Por este motivo, si bien
no es difícil indicar, como lo hemos hecho hasta aquí, los ras-
gos más salientes y caracteríslicos de los versos amorosos del
príncipe de nuestros poetas, cual no lo es señalar el tono domi-
nante en cualquiera de las óperas del tierno y melancólico Be-
llini, si pretendiésemos además dar á conocer los encontrados
afectos que nacen de la pasión cuya cadena, como esclavo suyo,
arrastra, sería preciso transcribir la mayor parte de sus libros.
Ábrase el de sus esparsás de amor por el Canto XL, y allí se
le ve dudando de si le ha de ser más grata la muerte ó ha de
encontrar más dulce la vida:
Si com F hom flach qui Y es for^at triar
Ab qual de dos homens forts sa combatre
No sab pensar ab qual dega debatre,
Espaordit sos comptes no sab far;
Ne pren á mi qui lo viure ni’ espanta
E lo morir me será gran despit;
Com viure vull la mort preuch en delit,
Com vull morir la vida tincli per santa.
Cant XL . — Sobres dolor , etc.
Otras veces, desvanecida toda duda, y desesperanzado de ha-
llar consuelo á los males que le aquejan, se arroja en los bra-
zos de la muerte, á la cual, en la más atrevida personificación
(1) Ressenya, png 149.
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— 51 —
que haya ideado jamás ningún poeta, presenta saliéndole al
encuentro y llamándole con delicioso canto, mientras que la
vida, igualmente personificada, le brinda con sus bienes.
Quins tan segurs concells vas encercant,
Cor malestruch, enfastijat de viure,
Amich de plor e desamich de riure,
Com soferras los mals qui son davant.
Acuitat donchs á la mort que t’espera
E per tos mals te allongues los jorns,
Aytant es Umy ton delitos sojorns
Com vols fugir á la mort falaguera.
Bracos uberts es exida ’n carrera,
Plorant sos ulls per sobres de gran goig:
Melodiós cantar de sa ven hoig,
Dient- amich, ix de casa ’strangera.
En delit prendí donarte ma favor
Que per nuil temps borne nat 1’ a sentida,
Car yo defuig á tot home que’m crida,
Prenent aquell que fuig de ma rigor.
Ab ulls plorant é cara de terror,
Cabells rompent ab grans hudulaments,
La vida ’m vol donar heretaments
E d’aquets dons vol que sia senyor.
Cridant ab veu horrible y dolorosa
Tal com la mort crid’ al ben hauirat;
Car si 1’ hom es á mals aparellat
La veu de mort li es melodiosa.
Cant XXXII . — Quins tan segurs , etc.
Abierto el pecho á la esperanza de que el de su amada no
se cerrará á su consuelo, cree otras veces que debe alargarse
su vida siquiera porque mientras ésta dure han de durar las
alabanzas de aquélla.
Aytant com puch iré vida allargant
Perque l’estrem de tots mals es la mort;
No’m trob esforc per haverne conort etc.
La donchs njorré com parlá no’m volreu,
E tinch per roll qui de mort no’s defen:
Aquella es darrer dan é turment,
No meresch yo que los meus jorns fineu etc.
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— 52 —
Plena de seny, no’ra abreujeu lo viure,
Car m entre visch vostre lahor s’allarga;
E vos lohant no’m trob la boca amarga
Ne tard’ la má com de vos vull escriure.
Cant. XXII . — Tal só com cell , etc.
Perdida otras veces aquella misma esperanza , renuncia á
toda consolación y hasta llega á creer que es para él un gran
mal que pueda hallar defensa contra la tristeza;
Hont es lo loch hont ma pensa repose?
Hont será hom que mon voler contente?
Ab escandall jo cerch tot fons e tente
E port no trob hont aturar me gose.
Lo que d’abans de tot vent me guardava
Ara es en mi cruel platja deserta:
Vagabunt vaig la casa qui m’es certa ;
Treball es gran en part hont yo vagava
Ya res del mon dolor no’m pot defendre;
Perdut es ja tot lo goig de mon viure;
A mos amichs de tristor puch escriure,
No’m basta temps á poder m’ en rependre.
Tant la tristor afalaga ma pensa
Que tot m’es trist quant puch hoir ne veure,
Tant que’m es greu que yo vinga á creure
Que á tristor yo puch haver defensa.
Cant LVII . — Hont es lo loch, etc.
En suma, y para poner fin á esa breve pintura de la cons-
tante y fiera batalla que se dan dentro de su corazón los más
opuesios afectos, y que con tanta verdad se halla en sus ver-
sos expresada, también alguna que otra vez se escapan de
aquel triste corazón que, queriendo huir del dolor, tropieza
con un dolor más grande:
Fugint dolor en major dolor munt,
gritos de angustia como aquel en que, recordando al atribula-
do patriarca de Hus, maldice su existencia:
Malehit lo jorn que’m fou donada vida ;
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— 53 —
ó este otro en que, creyendo que debía renunciar á toda feli-
cidad, exclamaba:
Malventurós no deu cercar ventara ;
Creuhar se deu la front com la hi noraenan.
Cant XXXIII. — Malventurós , etc.
ó en fin aquella imprecación que, más ya que el ay de un
corazón apenado, es el grito de un alma enloquecida por el
sufrimiento:
Foch crem ma carn é lo fum per encens
Vaja ais danmats per condigne perfum;
Mon esperi! traspás de Lethe ’l flum
Perque de res d’ aquest mon no pens.
Cant LXXm . — Qual será aquell , etc.
Sin embargo, fuerza es convenir, y en esto se distingue
nuestro poeta de los modernos eróticos escépticos, que esos
arranques de desesperación son como los involuntarios gritos
que hace exhalar al enfermo la vehemencia del dolor, y que se
encuentran, como rumores perdidos, en la atmósfera de re-
signación en que procura anegarse, acordándose siempre que es
cristiana su alma, enamorada de otra igualmente cristiana, y
que el amor que la profesa ha de sobrevivir á su cuerpo y á los
deleites, como á la3 tristezas de este mundo; idea que si no es
bastante poderosa para impedir que salgan fuera sus quejas,
por más que su volutad así lo quiera, es por lo menos bastan-
te dueño de él para mandar al corazón que se conforme al
querer de Aquel que todo lo gobierna y ordena :
•
Clamar no ’s deu qui mal cerca si ‘l troba;
Donchs vos, mon cor, no u$ senta pus clamar.
Vostres gemechs no ‘s poden comportar,
E vostres colps se mostren sus ma roba.
Hajau esfors, car lo pijor es mort;
Pnig k Deu plau, preneuhi paciencia:
Eli es aquell qui fa de vos sentencia;
Creurer debeu que no us fa ningún tort.
Cant LXXVII . — Clamar no l s deu , etc.
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— 54 —
Permítasenos al llegar á este punto que, dando por terminada
esta parte de nuestro trabajo, pongamos fin á ella con las opor-
tunas reflexiones y elocuentísimas palabras con que concluye
el análisis de los cantos de amor el ya citado eminente lite-
rato y publicista mallorquín, señor Quadrado, que fué el pri-
mero en nuestros tiempos que se ocupó en trazar por discreta
manera y superior acierto el juicio crítico de nuestro insigne
poeta. «Ignoro, escribe, si al analizar una por una las fibras de
aquel corazón, al recorrer los gritos que de él arrancan las más
fuertes y encontradas pasiones, y que sin enlace ni comentario
apenas acaban de presentarse, asaltará á los lectores la mis-
ma reflexión que me ocupa tristemente al transcribirlos. ¡ Se
comprende bien lo que debía ser una vida concentrada siempre
y apoyada en una idea, como el anacoreta en su columna,
elevada sobre la tierra sólo lo bastante para producir vértigo
y aislamiento ! ¡Loque debía ser aquel vuelo del alma, cer-
niéndose en los aires y sostenida siempre sobre sus alas, sin
nido donde guarecerse, sin otro contacto que el impalpable
de la atmósfera en que vivía, sin divisar más que confusa-
mente y á vista de pájaro los intereses y vida de los demás
hombres! ¡Lo que debía ser aquel quietismo del dolor, aque-
lla vista íntima abierta y vigilante siempre hacia dentro, ce-
rrada á todo objeto por fuera.... aquel océano de deseos sin-
tiendo siempre su vacío y sin esperanza de llenarlo, en el
cual venían á chocarse todos los vientos con súbitas y vio-
lentas embestidas! ¡Se concibe lo que hubo de ser la vida
é historia de aquel hombre! Y no vengan á decirnos los hom-
bres fríos y maduros que los versos no pasan de un honesto
entretenimiento, que la poesía no es más que un vestido de
gala: no son, no, aquellas ideas de las que reposan con la
pluma ó se evaporan fuera del aposento; ni hay en ellas úni-
camente más ó menos enérgicas declamaciones, imágenes más
ó menos ricas; hay allí un curso completo de la ciencia del co-
razón, el fruto del estudio y observación de una vida entera, y
áun ésta aparecerá corta para los que, en vez de detenerse como
nosotros, poetas más bien que metafísicos, en apreciar las be-
llezas literarias y de expresión, sigan á Ausías, tras el hilo de
su vasto sistema, por las profundidades del pensamiento (1)».
(1) Ausías March. Museo Balear , pág. 204.
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— 55 —
Si bien en las ediciones de Ausías tienen el último lugar
los cantos de muerte, hemos creído, alterando el orden esta-
blecido, deber ocuparnos en aquéllos después de hacerlo en los
de amor, porque los consideramos como la lógica y natural
continuación de los mismos; porque son como el desenlace de
un drama de amores que, habiendo empezado bajo la oscura
bóveda de un templo en los días en que recuerda la Iglesia las
divinas tristezas de Ghetsemaní y los acerbísimos dolores del
Calvario, termina en una tumba detrás de la cual el amor se
transfigura en la muerte que da vida eterna, y el dolor en espe-
ranzas del paraíso.
Después de haberla amado como no había poeta alguno
amado á su dama, la flor terrestre, aquel lirio entre cardos, en
cuya contemplación estática, pero no exenta de amarguras, ha-
bía nuestro trovador vivido, fué, convertida en perfumes, á
exhalarse ante el trono del Bien eterno. Los dedos de Ausías
no hacen más que cambiar de cuerda en su melancólica lira, y,
¡cosa extraña, si no la explicara la fe que ardía viva en su
alma! los sones que de ella arranca no son tan tristes, por más
que sean también muy dolorosos, como los que sacaban de la
cuerda en que lloraba las penas del amor. Pronto nos dirá él
mismo lo que adivinará cualquiera que sepa en qué parte del
sér querido había puesto su afecto, y qué es lo que pensaba
acerca de los futuros destinos de los espíritus.
El primer afecto que experimenta al recordar que
Aquelles mans que jaraés perdonaren
Han ja roraput lo fil tenint la vida
de la que fué su querida; al ver á su alma envuelta como en un
manto de dolor, y al pensar cómo es ida para no volver aque-
lla á quien amó cual aman los santos;
En sa dolor m’ arma es envolcada...
Com sens tornar la qu ara es anada;
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— 56 —
cuando recuerda que se han interrumpido para siempre los
amorosos coloquios, y separado para no juntarse nunca más
dos voluntades antes unidas,
Quant iraagin les voluntáis unides
Y ‘1 conversar separats pera serapre;
y ve flotar sus pensamientos á impulsos de sus voluntades (per-
dónennos los metafísicosel plural), como van y vienen las nu-
bes en alas de los vientos;
Mes voluntats mes pensaments aporten
Avall y amunt si com los núvols Y ayre;
por más que contemple el espíritu de su amada libre del barro
que lo envolvía, con igual deleite que experimenta el devoto
en el templo;
Son esperit sens lo cors jo contemple,
Tant delit sent cora 1* hom devot al temple;
por má9 que no tema la muerte, y sí sólo que le falte el cielo,
y ponga igual rostro al próspero como al adverso caso :
La Mort no tem que lo mon damnifica,
Sino que tem que 4 1 cel me desfallesca.
Tot cas jo mir ab una egual cara;
y que sea su amor como el horno que purifica el metal y con-
vierte lo demás en humo;
Tot ver amich á son ver amich ama
De tal amor que Mort no la menyscaba:
Ans el fornal qu apura Y or y acaba
Dexant 1* or fi, els ais en fum derrama;
Cant de mort I . — Aquelles mam , etc.
no puede asegurar, sin embargo, que no encuentre su espíritu
desierto de todo deleite, y no se espante él mismo de verse
vivo, llegando hasta figurarse que su fantasía le engaña al re-
presentársela muerta:
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— 57 —
Yo no pnch dir que no sia desert
De tot delit quant morta la iraagin;
# De mi mateix m* espant com no ‘m afín;
Pensant sa mort empar que no 4 n so cert....
Cant III . — Quiserá aquell , etc.
Mas ya que no puede dudar que realmente la perdió para
siempre, ruega á Dios, como especial merced, que le acoja donde
está ella, y puesto que con una sola herida llagaron sus dos
corazones el Amor y la Muerte, una ésta lo que ella separó.
A Deu mercé mes no se de que ‘t pregue
Si no que mi en lo seu loch aculles:
No tardes molt que d’ elle á mi no vulles
Puig I* esperit hont es lo seu aplegue.
E lo meu cors ans que la vida fíne
Sobre lo seu abragat vull que jaga;
Amor é Mort ferils de una plaga;
Separáis Mort, dret es qu* ella ‘ls vehine.
Cant I . — Aquellos mans, etc.
Y es que, si bien el amor de Ausías no e& de los que aca-
ban, sinó antes bien de los que crecen con la pérdida de la
persona querida ,
Amor se pert entre gens per absenta
E per la Mort la mi* Amor no fina :
Ans molt més am á vos en mort qu’ en vida.
D* aquella que la mort al mon Y a tolla
Honest voler en mi román sens mésela;
la fantasía le trae á veces el recuerdo del tiempo y de los lu-
gares donde experimentó tristezas ó gozó alegrías, y c'»n él el
dolor que acompaña siempre las pasadas memorias, siquiera
sean melancólicas;
Si res jo veigd’ ella dolor me dona,
E si’m defuig par que d’ella m’ aparte:
Lo terops e ’l loch ab lo dit la ’ra senyalen
Segons en ells dolors é delits foren;
Cant IV. — Puig me trob sol , etc
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— 58 —
ó le representa la imagen de sus últimos instantes,
Quant l’esperit del cors li viu partir
E li doní lo derrer besar fret; •
Cant V.— Que val delit, etc.
ó le murmura al oido las tristes palabras que le dijo antes de
su partida:
Dient plorant, no vullau mi leixar:
Hajau dolor de la dolor de mí ;
yen tales momentos, ¡cómo no sentirse hombre! ¡Cómo no
admirarse de que su corazón no hubiese estallado de pena!
O cor malvat del qui ’s ven en tal pas,
Cora pecejat é sens sanch no román?
¡Cómo no soltar la voz al dolor y arrancar á la lira, cuando
se presentan á la fantasía tan tristes recuerdos, y llaman á la
puerta del corazón tan acerbos pesares, versos como éstos:
Car tant com puch jo’m dolch e dolre ’m vull,
E com no’m dolch assats pas desplaher,
Car jo desitg que perdés tot plaher,
E que jamés cessás plorar mon ull!
Cant VI .— Si per nuil temps , etc.
Pero Ausías March era un gran poeta y como tal capaz de
sentir, con más fuerza que los corazones vulgares, los grandes
dolores, á la manera que lo es el Océano de ser sacudido y tur-
bado hasta en sus más hondos senos por tempestades, que ape-
nas podrían desplegarse en toda su imponente majestad en
pequeños mares: Ausías March era también un gran cristiano,
y por lo mismo, no tanto era el dolor de la separación de los
cuerpos el que más tormento le daba, como la duda de si de-
bía ó no ser eterna la de sus espíritus. Nuestro trovador tenía
bastante temple de alma como hombre, y como cristiano fe so-
brada, para despreciar esos amores teatrales que sólo se exhi-
ben ante testigos y buscan para desahogarse lugares sombríos,
pero dispuestos á manera de decoración escénica, si en su
tiempo hubiesen estado de moda, como lo estuvieron en los
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— 59 —
nuestros; y para saber que todo acaba para los cuerpos con la
muerte, basta el día en que sean llamados á gozar ó á sufrir
con las almas, según contribuyeron á su salvación ó á su con-
denación eterna. El sabe que los difuntos no piensan en los
vivos, y que por lo tanto no agradecen los dolores que éstos
sufren;
Quant pens deis raorts que res del vius no pensen
E los dolors que pas sens grat se perden:
Cant I . — Aquelles tnans , etc.
sabe también que los muertos no vuelven al mundo;
Si be los morts en lo mon no retornen,
y por esto no piensa en ir al sepulcro donde yace su amada, ni
para esparcir flores sobre élla como pagano, ni para llorar
sobre sus restos cual mujer de corazón flaco.
Ni le preocupa si el cuerpo del que fué su ídolo es pasto
de gusanos, ni si los transeúntes huellan indiferentes la losa
que cubre sus cenizas: el único pensamiento que le aflige, la
única espina que la muerte, al arrebatarle su amiga, ha dejado
clavada en su corazón, es saber en qué compañía se encuentra
en la otra vida, ó como dice él mismo:
Quins esperits á tu de prop te son.
Para averiguarlo se dirige al de su amada, diciéndole:
Tu, esperit, si res no te’n defíen
Romp lo costum que deis morts es comú:
Torna en lo mon é mostram qu es de tu;
Lo teu esguart no’m donará espaven:
Cant VII . — Lo gran dolor , etc.
y como no tiene, cual Dante respecto de Beatriz, la seguri-
dad de encontrarla, para vivir amándola eternamente, en los
celestes prados donde sestea el divino Esposo de las almas, se
estremece al pensar que pueda por culpa suya estar en el in-
fierno ó en el purgatorio, y ruega á la Virgen que, no tomando
en cuenta de dónde vienen las oraciones que le dirige, no sean
en daño de ella sus pecados;
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— 60 —
Mare de Deu, si es en purga tori
Son esperit per no purgats delits,
A ton Fill prech no guard los prechs d‘ hon venen,
Mes llá hon van mos peecats no li noguen.
Cant IV . — Puig me trob sol , etc.
Por lo demás tan poco egoísta y carnal es su pasión, á di-
ferencia de la de los amadores vulgares, que si pudiese echar
de sí aquella duda, que es su tormento; si de cierto supiera
que estuviese su amada gozando de la compañía de los bien-
aventurados, ya no sentiría que hubiese sido herida por los dar-
dos de la muerte:
s E si cert fos qu’entre los sants fos mesa,
Non volgra jo que de Mort fos defesa.
Cant I . — Aquelles mans , etc.
La duda, sin embargo, subsistía. Aquel nuevo Job, que con
perderlo todo, al perder lo que era su único supremo bien aquí
bajo, no había podido siquiera guardar dentro de su alma la
esperanza de hallar en otro mundo mejor el espíritu á quien en
vida había unido el suyo; aquel nuevo Job que, como el pa-
triarca árabe, en un momento de desesperación había maldecido
también su existencia, debía como aquél llevar hasta el he-
roísmo su resignación : y hé aquí que en medio de los males
que se desploman sobre su corazón, anegándole en amarguras,
á manera de las olas que, cayendo sobre ella, cubren de salo-
bres espumas la combatida roca que irgue su cabeza en soli-
taria playa, impone silencio á aquél recordándole que
Tot es bó puig es obra de Deu.
«Admirable, sublime Ansias, exclama al llegar á este punto
nuestro amigo Quadrado; después de oir de tu boca este verso,
¿qué más pudiéramos añadir acerca de tí ni como hombre ni
como poeta?»
Habiéndonos detenido tanto, menos sin embargo de lo que
hubiéramos deseado, en los cantos de Amor y de Muerte, difícil-
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— 61 —
mente podríamos, sin caer en repeticiones y pecar por difusos,
extendernos en los Morales y en el Espiritual, escritos por
ventura por nuestro trovador para buscar en la filosofía cris-
tiana y en el amor divino un bálsamo alas penas que tan hon-
damente le afligían. En ellos, sin dejar de mostrarse elegante
y á momentos sublime poeta, aparece menos la fecundidad de
su ingenio, por efecto sin duda del tono didáctico que con fre-
cuencia en los mismos domina, y de que la materia se presta
más á las severas bellezas de la razón que á las brillantes galas
de la fantasía. Como árbol que tiene echadas sus raíces en el
campo de la ética cristiana, produce más frutos que flores, ó úni-
camente se reviste de éstas en cuanto sirven para atraer hacia los
primeros las voluntades y á excitarlas á alimentarse de ellos.
Es excusado decir que la moral de Ausías es elevada y no
menos que su pasión pura. «Fundando, dice el crítico á quien
acabamos de citar, la dignidad del hombre en su perfecciona-
miento incesante, su felicidad y grandeza en el cuplimiento de
su fin, levanta sobre estos pilares su noble cuanto sólido edi-
ficio. Aplicando continuamente tan fecundo principio, no re-
conoce en el hombre otra libertad que la que conserva respecto
de sus mismos deseos, otra paz que conciliar su voluntad con
su deber, otra sabiduría que la de mejorarse y atender á su fin,
ni otro privilegio en el sabio que el de su inmensa responsa-
bilidad sobre los que no conocen sinó los goces y tareas ma-
teriales; no considera otro bien en la nobleza y opulencia que
el de servir de instrumentos para el bien, otra ceguedad en la
fortuna que la ceguedad de nuestras pasiones, que piden á sus
favores lo que ellas no alcanzan á dar, otra ocasión de valor
que la de morir por un gran bien ó en provecho de muchos,
otra mayor cobardía que la del suicida, que escapa de los ma-
les, como el bisoño ante el enemigo Moralista austero, de-
searía establecer una severa censura que arrancase la máscara
á los hipócritas, que los castigase en la opinión misma á que
aspiran por recompensa, que desterrase esa moral cómoda,
ficticia, de pomposa apariencia, estéril en virtudes y en frutos
de verdad, sin los cuales
<tU hora qui n’ es menys es arbre menys de fruit;
Oras en bell ort son los homens del mon.x>
Cant moral XI. — Lo tot es poch , etc.
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— 62 —
Como todós los hombres que, reconociéndose superiores á
los espíritus comunes que les rodean, creen que el mundo, á la
manera de un campo cansado de dar frutos, no puede producir
ya más que generaciones de mente flaca y enteco corazón
en cuerpo raquítico, y vuelven por lo tanto la vista á los tiem-
pos que fueron, que tienen por mejores que los en que ellos
viven, Ausías deseaba haber nacido cien ó más años atrás,
porque creía que las generaciones presentes eran peores que
las pasadas:
Volgra ser nat cent anys ó pus atrás
Perqué som cert, que 4 s pijoratlo mon.
Cant moral VI . — Volgra ser nat , etc.
Imagínase que
Bondat, virtut han perduda sa rassa,
Cossos humaos han molt disminuit:
Deu es per nos mal honrat é servit
E ja la mort pus estret nos abrassa;
y deduce de ello que
Foll es aquell que no imaginava
Que fallirem, puig fall <?o per que som,
Si com decau la rama é lo pom
Si la rahel del arbre hom tallava.
Cant moral V . — Yo crit lo bé, etc.
¡Qué extraño, pues, que al presentarse ante sus ojos el triste
cuadro de enfermedades morales que ofrecía la sociedad de su
tiempo, y no viendo remedio á ellos en lo humano, rompiese
indignado en este enérgico y doloroso apóstrofe!
Yo ‘sguart lo cel é no veig venir flames
Per abrasar la sodomita secta.
Hon es lo temps que tu prenias venja
De tots aquells que natura greujaven?
Mire lo cel quant plourá la justicia
Que ‘n temps passat entre nos habitava,
E no veig res que d’ aquest loch devalle;
En ié román tot quant de tu s’ espera.
O senyor Deu, e quant será que ‘t mostres?
Ja tarda molt com del mal hom no 4 t venges.
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— 63 —
Yo so ben cert qu aprés la mort 1* esperes,
Mes en lo mon be 4 m sembla que ‘t mostrasses.
Vulles haver pietat del teu poblé ;
Puneix aquells sehents. alts en cadira
Qui del Anyell volen la carn e lana
E son contents que feres lo devoren.
Cant moral X . — Qui de per si, etc.
¡Qué extraño que al ver tan extendida la corrupción de cos-
tumbres, hasta el punto de que no haya quien tenga derecho de
censurar á los demás, crea que si hay alguno que sea excep-
ción á lo que los otros practican, éste no rompa la regla gene-
ral, de la misma manera que
Un oronel l’estiu no denuncia !
Permítasenos que además de estas citas, y á fin de que nues-
tros lectores puedan formarse un más cabal y exacto concepto
del carácter y del tono que reinan en los cantos en que nos
ocupamos, transcribamos algunas eslancias de aquel en que
trata de*la fuerza de la voluntad y del menosprecio de la muer-
te, que, con ser de los más cortos, es sin disputa, á juicio de
nuestro amigo el Sr. Milá, uno de los más notables de esta
parte de sus obras:
Por de pijor á molts fa pendre mort
Per’esquivar mal esdevenidor,
Si bé la mort resembla cas pijor,
Cell qui la pren la té per bona sort:
E de’a<?ó Cató mostra camí
E li mes nom us de la libertat,
Car de tots ais pot esser l’hom for$at
Sino en morir qu’es en nostre juhi.
Algú la pren e reb nom de mesquí
Fugint perill qui fes devant posat;
Altre será de cor nobl’ animal
Que vol morir per la valor de sí.
Venint en mans d’enemich seu potent
Sobrat lo cors guerrej’ ab lo voler;
De vencedor encara ’s veu poder
Vol perdre '1 cors per l’esperit vencent...
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64 —
Alguns passats que voluntat iniqua
Los feu morir ó l’opinió vana,
Aquets no llou, mes les de pensa sana
Volent morir per fer llur arma rica.
Perdent un poch per 1* inflnit atendré,
Guanyant lo goig qu’ al Fill de Deu acosta;
Gran es lo bé segons aquesta costa
Que per la mort de tal hom s’ hagues vendre.
Cant VII. — Por de pijor , etc.
Renunciamos á analizar el canto espiritual. Pretender ha-
cerlo valdría tanto, á nuestro modo de ver, como querer. con-
tar los granos de incienso que entraran á formar parte de cada
uno de los tenues retazos de vapor de que se compone la ligera
nube que sale de un incensario , y analizar el perfume que de
ella se exhala. No sabríamos cómo dar una idea aproximada
de él, siuó comparándolo con la guirnalda de escogidas flores
con que ciñe la devoción la imagen de un santo. Por la ener-
gía y grandeza de sus conceptos, por el sabor verdaderamente
religioso y hasta místico, que en él reina á trechos y por la
espontaneidad de la expresión, más feliz por ventura que en
ningún otro de los cantos en eslramps que tiene nuestro poeta,
consideramos el espiritual como su obra más bella é inspirada.
Hé aquí algunas de sus más notables estancias:
Puig que sens tu algú á tu no basta
Dónam la má ó pels cabells me lleva,
Sino estench la rnia vers la tua
Quasi forgat á tu mateix me tira.
Yo vull anar envers tu al encontré:
No sé perqué no fac lo que volria,
E no sé qué aquest voler empacha
Puig yo so cert haver voluntat franca.
Llevar mi vull e prou no mi esforcé;
£ó fá lo pes de mas terribles colpes;
Ans que la mort lo procos á mi doga
Placia’t Deu, puig teu vull ser, que’m vullas.
Fer que ta sunch mon cor dur amollexca,
De semblant mal guarí ella molts altres;
Ya lo tardar ta ira ’m denuncia;
Ta pietat no trob en mi que obre.
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— 65 —
No te repós qui en altra fi guarda
Car en res ais lo voler no reposa;
Qó fent cascú, é no hi cal subtilesa,
Que fora tu lo voler no s’ atura.
Si com los rius á la mar tots acorren,
Aixis les fins totes en tu se’n entren;
Puigte conech esfor^am que yo t’ame;
Ven?a l’amor á la port que yo’t porte.
'Qual será ’l jorn que la mort yo no tema
E será quant de t’amor yo m’ inflame,
E no ’s pot fer sens menyspreu de la vida,
E que per tu aquella jo menysprehe.
Llá donchs serán jus mi totes Ies coses
Que de present me veig sobre los muscles:
Lo qui no tem del fer leó les ungles
Molt menys tembrá lo fibló de la vespa.
O quant será que regaré les galtes
D’aigua de plor ab les llágrimes dolses:
Contrició es la font d’hont emanen,
Aquell es clau que ’l cel tancat nos obre.
D’atricció parteixen les amargues
Perqué en temor més qu’en amor se funden,
Mas tais quals son d’aquestes m’abunda,
Puig son camí é via per les altres.
Cant espiritual.
Después de lo que llevamos dicho de Ausías como hombre y
como poeta; después de los muchos versos suyos que hemos
transcrito, ¿qué podríamos añadir acerca de las cualidades ar-
tísticas de que estaba aquél tan ricamente dotado, y que tan
bella y ostensiblemente se revelan en éstos? El señor Milá, á
quien nadie acusará de que se deje llevar en sus juicios críti-
cas ni por entusiasmos ni por antipatías convencionales, ni por
las corrientes de las modas, — que las hay por desgracia en los
gustos y en las # teorías estéticas, como en los trajes; — el se-
ñor Milá, que califica á March de notable personalidad poética,
dice de él «que le singulariza el especial acento de verdad que
se manifiesta en sus obras, las cuales nos revelan con viveza
grande y sin fingimiento cuanto él sentía, fuese buenoó malo.,.
Era, añade, muy hijo de su tiempo, pero á la manera que serlo
5
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— 66 —
suelen los grandes hombres, es á saber, como norma y excep-
ción del mismo. No es un poeta completo, pero sí grande, y
pocos habrá de quienes puedan recordarse pasajes tan bellos y
tan elevados conceptos. Sobresaliente en la parte intelectual
y afectiva, fáltale únicamente , — nosotros nos atreveríamos á
limitar algún tanto lo demasiado absoluto de este juicio , — la
fantasía inventiva, que convierte en un nuevo sér poético cada
objeto representado ó cada situación del ánimo, sin que deje por
esto de acercarse mucho á aquella soberana perfección que
únicamente alcanzan del todo la natural inspiración ó el arte
más exquisito. Ni mengua su valor el que como obra poética
deje algo que desearla suya, ya que cuando hace que se exha-
len ciertas voces de lo íntimo de su corazón , no le es dado en-
tonces al lector acordarse de nada más y queda como preso y
esclavo suyo.»
No se le escapa al señor Milá el defecto de la oscuridad que
en sus versos se nota, y que fué considerado como primor de
no escaso valer por sus antiguos admiradores; «oscuridad que
procede en parte, dice, de que quería adelgazar demasiado la
materia, pensar por sí mismo, y decir lo que otros no habían
sentido ni expresado;» y en parte, añadiremos nosotros, ade-
más de lo arcaico del lenguaje, de lo violento y desusado de
sus giros, efecto de la dificultad que al parecer experimentaba
á veces en encerrar el concepto en el estrecho molde de su es-
tilo, por demás conciso y epigramático, y en la forma harto di-
fícil de sus estancias. Y esa oscuridad es, á nuestro juicio, la
principal causa de que no sea hoy Ausías tan leidoy estimado
como merece serlo. Sin embargo, cuando se ha logrado rasgar
el velo que por las indicadas causas envuelve á veces con sus
pliegues algunos de sus versos, entonces aparece tal cual es, ó
sea verdadero poeta, y el trabajo que se ha empleado en desen-
marañar el sentido de su frase queda con creces compepsado
con el placer que se experimenta al comprenderle.
Mucho dudamos que pueda hallarse un poeta más subjeti-
vo; un poeta que, siéndomenos plástico, haya sido no obstante
más que él aficionado á convertir sus ideas en imágenes, y por
lo tanto á personificaciones y semejanzas. ¿Sería que se sintiese
como obligado, más que otros, á acudir á ellas por la necesidad
de explicar sus conceptos, por lo común abstractos y de suyo
oscuros? Así lo creemos. Mas ora fuese éste el motivo, ora efecto
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— 67 —
de riqueza de imaginación, ello es que sus estancias están
como matizadas de comparaciones, unas veces, y son las me-
nos, sacadas de los objetos de la naturaleza, y otras, y con más
frecuencia, de las ocupaciones y de los mismos afectos huma-
nos, cual si creyese , — como discretamente observa el señor
Quadrado, — que sólo el hombre puede explicar al hombre.
Fácil nos sería formar un escogido y primoroso ramillete de
ellas con trasladar aquí algunas de las que se encuentran es-
parcidas en sus cantos; mas creemos que con las que se leen
en los fragmentos citados las tendrán nuestros lectores de so-
bras para apreciar la índole y riqueza de las mismas, á las
cuales dan, á nuestro modo de ver, más realce y mayor ener-
gía la manera especial y casi siempre idéntica de expresarlas.
Dejemos á los descontentadizos y severos Aristarcos, que para
andar á caza de defectos pasan no pocas veces distraídos ó
mal humorados por delante de grandes bellezas, la poco grata
tarea de ir apuntando uno á uno los lunares que afean de vez
en cuando las obras de nuestro gran trovador, acá sorpren-
diendo un verso duro y poco armonioso; señalando más allá
alguna estancia prosaica; en un punto notando un giro vio-
lento y que no disculpa la libertad de la hipérbaton, en otros
indicando algunas rimas imperfectas y poco variadas. Nos-
otros preferimos gozar en la blancura del lirio y en la fragan-
cia del clavel, más que detenernos en señalar el grano de
sucio polvo que habrá arrojado sobre ellos al pasar el viento.
No todos los corazones son capaces de comprender, ni todas
las inteligencias de apreciar las bellezas de sentimiento ó de
concepto que derrama el artista en su obra, y es deber del crí-
tico hacerlas resaltar para que sean más estimadas, por igual
modo que el inteligente en pinturas pone á buena luz los cua-
dros de los grandes maestros para que brillen más y mejor se
pueda gozar de sus primores. Bastan para descubrir los luna-
res de forma que puedan afear una obra del humano ingenio
la vista menos ejercitada y una mente no educada en las ense-
ñanzas estélicas; para poder juzgar con acierto á poetas como
Ausías March, lo hemos dicho antes de ahora, es preciso ser
capaz de sentir lo que habían ellos sentido y comprender lo
que habían pensado.
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— 68 —
SUCESORES DE AUSÍAS MARCH
Ausías es el astro más esplendente, lo hemos dicho antes
de ahora, de la literatura catalana en los tres períodos en que
al principio de este trabajo la dividimos. Al bajar al sepulcro
va á su ocaso aquella poesía y comienza su crepúsculo ves-
pertino; crepúsculo brillante aún mientras aquel astro ha
traspuesto apenas los luminosos linderos del horizonte, pero
cuyas esplendentes tintas van oscureciéndose á medida que se
va hundiendo más en ellos.
Dejamos apuntados algunos de los caracteres que distin-
guen de los anteriores el último período de nuestra escuela
poética. Ahora que vamos á ocuparnos más detenidamente en
él, ¿no nos será dado indicar otros que, más que á la forma exte-
rior, como los que entonces señalábamos, se refieren al espí-
ritu que anima á los asuntos mismos, que son especial objeto
de dicha escuela, al mismo tiempo que nos ocupemos en los
principales de sus numerosos cultivadores que en ellos se ins-
piraron?
Hemos advertido más de una vez la dificultad de señalar,
careciendo como carecemos de exactas noticias biográficas de
un crecidísimo número de ellos, cuáles son los poetas que flo-
recieron después de la muerte de Ausías ; pero no tememos
mencionar como tales, por más que algunos de ellos alcanza-
sen los días de este poeta y hasta compusiesen alguna de sus
obras en los en que él exhalaba sus tristes ayes en los cantos
de muerte, al mayor número de los que tomaron parte en el
certamen valenciano de 1474, y sobre todo los concurrentes á
las justas poético-religiosas de 1482, 1486 y 1488, algunos de
los cuales por haber escrito sus obras en la segunda mitad de
aquella centuria y por el carácter especial de las mismas, muy
distinto del de las melancólicas y filosóficas esparsas del aman-
te de Teresa, pertenecen en alma y cuerpo, permítasenos
la expresión, á la nueva faz que ofrece la catalana escuela
poética.
No creemos ofender la susceptibilidad literaria, ni el amor
á sus respectivos países de nuestros poetas contemporáneos
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valencianos y catalanes, ni oscurecer la merecida, pero menos
brillante fama de los muchos ingenios que, así en las fértiles
llanuras de allende, como en las agrestes comarcas de aquende
el Ebro, cultivaron en el mencionado período la gaya ciencia,
si les decimos que, á nuestro parecer, que es también el de
críticos de más valía que nosotros, aquel período lo fué de de-
cadencia para nuestras patrias letras.
No somos de los que medimos los grados de cultura, ni la
importancia literaria de una época dada, por el mayor ó me-
nor número de hombres doctos, poetas y artistas, siquiera
sean medianos, que en ella florecieron, ó de los congresos cien-
tíficos y justas poéticas que se celebraron en la misma, ó por
el ruido y aparato de que unos y otrys se rodearon. Sin salir
de nuestra casa ó con sólo asomarnos á la puerta de la de
nuestros vecinos, los provenzales, podríamos hallar un doble
testimonio en favor de nuestra opinión en este particular
asunto. Mireya y la Atlántida, obras de verdadero ingenio,
fueron concebidas y por ventura en parte escritas en el apaci-
ble retiro de una casa de campo la primera, y en las vastas
soledades del Océano la segunda. Por lo demás, y puestos á
un lado y en el alto lugar que merecen aquellas dos produc-
ciones, en esta como en la otra parte de los Pirineos no hay
más que una sola voz para proclamar que la poesía envejece
y decae en medio de los felibrejados de los provenzalés y de
los innumerables certámenes con que la festejan los catalanes.
Copiosísima es la raiés que en una y otra comarca, Provenza
y Cataluña, se produce; pero raquíticas y de escasa substan-
cia no pocas veces, hueras las más, las espigas que en ellas se
cosechan. Mucho el ruido que en ambas se produce; pero es el
que hace el viento pasando por espesos cañaverales; no el ma-
jestuoso rumor que despide la robusta y solitaria encina al
sacudirla la brisa.
Fácil es colegir de lo dicho que estimando como un dato
literario, digno de tomarse en cuenta al hacer la reseña del
último período de nuestra literatura, sobre todo en la parte
que á Valencia le corresponde, la muchedumbre de certáme-
nes que á últimos del siglo xv se celebraron en dicha ciudad,
y el número verdaderamente considerable de poetas que á ellos
concurrieron ; y apreciando al propio tiempo y alabando como
es justo los esfuerzos que para el mayor florecimiento de la
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poesía, y en especial de la religiosa, hiciéronse, con mejor
buena voluntad que acierto, por algunas personas influyentes,
promoviendo aquellas justas de ingenio, no creemos, sin embar-
go, que debamos detenernos á hablar uno por uno de todos los
poetas, en su mayor parte meros metrificadores, que en ellas
figuraron como vencedores ó como vencidos, y de muchos de
los cuales apenas se conocen más versos que los impresos en
las colecciones que de sus poesías se formaron. Así, pues, de-
jando para los eruditos y bibliógrafos, que tienen la envidiable
suerte de poseer algún ejemplar de los hoy por todo extremo
raros libros dados á la estampa en el último tercio del siglo xv
y primero del xvi, en que aquéllas se encuentran, el que sa-
quen de la oscuridad en que yacen nombres tan del común de
los críticos ignorados como los de Alcañiz, Nájera, Cardona,
Gamizo, Llansol, Fira, Sent Climent, Villalba, Balaguer, Au-
sías de San Juan y otros; ó algunos fragmentos todavía menos
conocidos, de escasísimo interés como obras de arte, ha-
blaremos tan sólo, al igual que lo hemos hecho en las anterio-
res reseñas, de los que, siendo tenidos por más notables, ca-
racterizan mejor aquel período literario en sus principales
manifestaciones religiosas y satíricas, ya porque son sin dis-
puta las que en él más dominan ó mayor importancia tienen,
ya porque en la expresión de los sentimientos amorosos, los
que tales asuntos trataron siguieron por lo común, con más
ó menos fortuna, las huellas de su modelo y maestro Ausías.
Figuran entre los primeros, ó sea entre los que trataron con
preferencia asuntos religiosos, Mossen Bernat Fenollar y el
comendador Mossen Juan Scribá, á quienes citamos juntos,
como autores que fueron de una composición de carácter mís-
tico, llena en ciertos trozos de verdadero sentimiento, titulada:
Cobles de la passid de Jesuxristh, fe tes per Mossen Fenollar é
per Mossen Johan Scrivá, cavaller , contemplant en Jesús cruci -
ficat. Es una obra poética de cuarenta y seis estancias, de diez
versos, dos de ellos quebrados, de las cuales corresponden
veinte y tres á cada uno de sus dos autores, llena de notables
conceptos y de elevadas y bellas imágenes con sencillez y ver-
dad expresados, en la cual tropieza á veces el lector con pasajes
no indignos de vates de más renombre que los nuestros. Sirvan
de muestra de su estilo y valor poético las siguientes estancias:
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Mossen Johan Scrivá.
O quant desecorda ab goig sens mesura
De robes stranyes la viu cobrir,
Y tolreus ab ira aquell sens tristura
Tan digne vestir.
Per sorts declarant á qui deu venir!
O quant desacordeut les flors y espines,
Y creu molt feixuga ab rams molt florits !
' O quant desacordent sponja y metzines
Scarns y despits,
Aprés de grans festes, lionors y convits !
Mossen Fenollar.
O quant fonch deixeble inich ab ultratje
Qui ’l Mestre vené per un tant baix for !
O quant fonch injust, cruel y salvatje
Qui sois per gran por
A mort jutjá T Rey qui nos dé son cor !
O trists y perversos ! y com no pensaven
Punits de tal crim serían tots temps,
Quant per vos matar així navegaven
A veles é rems,
Que us feren de mort sentir los estrems.
Mossen Fenollar .
O font abundant de tota bonea,
Qui pot sens dolor la mare pensar
Qui participant de vostre pobrea,
Res no us pogué dar,
Quant nu ab gran fret vos feu fort penar,
Majorment pensant lo quant vos podíeu
Usar de riquea é are us defuig;
Per darla á nosaltres rey pobre moríau,
Y aquella d’enuig
Tant richa y tant trista que tot be 1¡ fuig.
Mossen Johan Scrivá .
De nostres pecats oh quanta esperansa
Nos causa, Senyor, lo gest que mostrau;
Lo cap inclinat es vera semblanza
Que vos perdonau
Los raals que morint en creu reparau;
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Los brasos teniu oberts que ’ns abrassen,
Las mans foradades per grans donatius,
Obert lo costat per tal qu’ us portassen
Los morts é los vius
Amor que d’ infern deslliura l’s catius (1).
Permítasenos indicar de paso, y como una prueba de la in-
fluencia que iba ejerciendo en la nuestra la poesía castellana,
á la cual se franqueaba ya por entonces la entrada en los certá-
menes antes mencionados, que Fenollar, al igual que otros
poetas de su tiempo, escribió algunas composiciones en el ha-
bla de Castilla.
Aunque nacido en Barcelona, por las relaciones amistosas
que hubo de tener con algunos poetas valencianos, nos permi-
tiremos citar entre los más notables cultivadores de la poe-
sía religiosa al comendador Miguel Stela, autor, entre otras
obras de este género, de una que titula: Oracid á Den lo Pare ,
narrant tots los torments que Jesuchrist te devant , y de otra que
denomina: Comedia de la sagrada passió de Jesuchrist . La pri-
mera, en que va citando uno por uno todos los objetos de la
pasión del Señor, acompañado cada uno de ellos de numero-
sos calificativos, las más de las veces sobrado ingeniosos, no
pocos rebuscados y traidos de muy lejos, adolece de falta de
sentimiento y de sobra de estudio. Sin embargo, no creería-
mos equivocarnos suponiendo que debió ser de las más esti-
madas de sus contemporáneos , por todo extremo aficionados á
los conceptos sutiles, que preferían á los afectos tiernos, y que
más estimaban al poeta por lo que con trabajo pensaba que
por lo que con verdad sentía. Hé aquí la invocación que hace
á la Santa Cruz:
Ñau de Nohé hont se salvá natura,
Leny arborat en lo baix paradís,
Temple de pau, divinal alogís,
Sant estandart de la eternal pastura,
Fust adorat de latría complida,
Pal hont penjá la serp lo gran Juheu,
Lit sangonós hont penjá home-Deu,
Fértil palmer, famós arbre de vida,
Salveu á mí sant porxe Siloé
Tu que salvist mos besavi Nohé.
(I) Jardinet d' Orots , pág. 18 y siguientes.
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En la que titula: A la cara de Judas com besa á Jesús , y en
la dirigida A l gall, la exageración de aquellos defectos llega
hasta los límites del ridículo (1).
La segunda de las composiciones citadas está llena de un-
ción religiosa, y á no ser por los nombres mitológicos de Apo-
lo, Febo, Diana y Plutón que, si bien prueban la erudición
mitológica del autor y la influencia clásica que iba invadiendo,
para después desviarlas de su natural camino, las literaturas
nacionales, están allí fuera de su sitio, podría, dentro de las exi-
gencias del gusto ála sazón dominante, citarse como modelo
entre las de su tiempo. Baste como muestra de su estilóla si-
guiente estancia :
Rey est deis reys lancat á tota pena,
Sois, sens remey, d’espines coronat,
De cedre te un jou sobre la squena,
Desert d’amichs, deis seus desampara!,
Sceptre portant de amarga sepultura,
Lo rey Jesús nafrat de greu tristor,
A la mort vá ab la mortal dolor,
Dihent ais seus lur gran desaventura
Filice Jerusalem, nolite flere super me , etc. (2).
Por los versos que cita el señor Ferrer de las varias com-
posiciones religiosas de Narciso Vinyoles, se nos figura que
debió ocupar este poeta uno de los primeros puestos entre los
de su siglo que cultivaron ese género, al par que por su fe-
cundidad, por el mérito de sus obras. Mas no habiendo podido
disfrutar de la lectura de la inestimable joya bibliográfica de
Jes obres y les troves , que fué el primer fruto que, según la
opinión más generalmente seguida, dió el invento de Guten-
berg, al tomar carta de naturaleza en España, nos hemos de
referir al juicio que de ellas han hecho los que han sido en
esto más afortunados que nosotros, y sobre todo al que hace
dicho señor Ferrer y Bigné en su curiosa Reseña tantas veces
mencionada.
Aunque reconocemos y confesamos con el señor Milá que
la poesía religiosa no se elevó en nuestra literatura al ideal del
género, ¿no podríamos gloriarnos, dada la bondad de alguna
(1) Jardinel d ' Orats , pág. 36 y siguientes.
(2) Ibid., pág. 44 y sigs.
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de las composiciones antes citadas de Corella y de Romeu
Llull, de las obras que acabamos de indicar, de muchas
otras de igual índole de un gran número de poetas valencia-
nos y catalanes, que dejamos de mencionar por no pecar de
difusos; y sobre todo, tomando en cuenta el sobresaliente mé-
rito del canto espiritual de Ausías March, no podríamos glo-
riarnos, repetiremos, que nuestra poesía sagrada, si no está por
cima, compile por lo menos en abundancia y en precio con la
de igual género de la literatura castellana?
Más que la poesía religiosa sirven, no obstante, para ca-
racterizar y dar especial sello á la escuela poética catalana
de la segunda mitad del siglo xv las composiciones satíricas,
ó por mejor decir, las que, inspirándose en asuntos baladíes, y
que no son ni podrán ser jamás fuentes de elevada inspira-
ción, verdaderos juegos de concepto, no menos que los de pa-
labra desprovistos de valor estético, tienden naturalmente y
casi diríamos por necesidad á la sátira, como elemento que
contribuye á darle el interés y la importancia de que por sí
mismas carecen. Por la mucha que, sobre todo en Valencia,
sedióá ese linaje de composiciones, fué principalmente por lo
que calificamos de período de decadencia el que estamos rese-
ñando.
Los poetas ya citados, á los cuales debemos añadir Jaime
Gazull, Mossen Johan Vidal, Moreno, Verdanja, Vilaespinosa
y el más renombrado de todos, Jaime Roig, son los principales
cultivadores de dicho género. La mayor parte de las veces to-
man sus composiciones la forma de coloquio ó cuestión, y en
este caso recuerdan las temos ó jochs partits de la poesía
provenzal, indicio y nueva prueba de que estaba todavía vivo,
siquiera en la memoria de los poetas, el recuerdo de aquella
poesía. De este número son la Questió sobre el Beure , Grat ,
Entendre et Voluntat , moguda per Mossen Fenol lar, prebere ,
á Mossen Johan Vidal , prebere , á en Verdanja é den Vilaespi-
nosa , notaris, la qual questió es disputada per tots per Miguel
Stela , que puede leerse en el ya citado fragmento publicado
por el señor Brizdel Jardinet d'orats ; otra obra de autor no
conocido, que se halla en la parte no dada á luz de aquel códice,
que tiene por título: Colloqui ó rahonament fet entre dues da-
mes, launa dama casada y Valtra de condició beata, al qual
colloqui se aplica un altra dama vidua, etc., escrita contra las
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mujeres ; y el Procés de les olives é disputa deis joves é deis
vells , en el cual entran como interlocutores los ya citados
Moreno y Gazull, los cuales toman la defensa de los viejos, y
Fenollar, que se constituye en patrono de los jóvenes, compo-
sición esta última de carácter marcadamente satírico.
Forman, en fin, un grupo aparte, por todo extremo impor-
tante por la mayor fama de que gozan sus obras, sobre todo
la última de ellas, la titulada : La brama deis llauradors del
orta de Valencia, Lo somni de Johan, ambas del mencionado
Jaime Gazull, y Lo llibre de les dones ó deis concells de Jaime
Roig. La primera de dichas obras tiene importancia bajo el
punto de vista filológico, en cuanto se refiere á la viciosa ma-
nera de hablar de los labradores, con palabras algún tanto
equívocas. Considérase la segunda con razón como una con-
tinuación ó complemento del Procés de les olives, después
del cual se encuentra por lo común impreso, y es también,
al igual que éste, una especie de proceso donde las mujeres,
blanco de las burlas del poeta, descontentas de la preferencia
dada en el Proceso á los viejos sobre los jóvenes, nombran por
abogado y procurador á los poetas de aquel tiempo Micer Artés
y Despí, y por juez á la diosa Venus. Está escrita igualmente
en la forma llamada codolada (1), ó sean versos de nueve sílabas
con piés quebrados de cinco, que es la comunmente usada en
las composiciones de aquel género, como puede verse en la
siguiente muestra sacada de dicha obra :
Puig sabeu quant es cosa certa
Elles ab elles
Y mes si son totes femelles,
Tantost hi son
Volen parlar de tot lo mon:
En tot se meten;
Y si callau, vos acometen
Per traure noves,
Y tost temps fant contras y probes
Sobre tothom, etc. (2).
(1) Acerca el origen y significado de esta palabra y de las varias Composicio-
nes que llevan este nombre, en especial en nuestra literatura, véase la erudita
monografía publicada por el señor Milá en la Revista de lenguas romanas , titu-
lada Poetan catalans , etc.
(5) Mita. Ibid., pág 56.
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Si los poetas de que llevamos hecha mención hasta ahora
se contentaron con asestar algunos alfilerazos á las mujeres,
— no pocos de los cuales, sin embargo, debían penetrar muy
adentro en sus carnes, tan pesada era su mano, — al lle-
gar su turno á Roig , de quien vamos á tratar brevemen-
te, ya no fueron pinchazos de alfiler, sinó heridas de flechas,
y de flechas envenenadas, las que hubieron de sufrir en su
honra y en su fama.
No sabemos de culto alguno en el cual la deidad qué es
objeto de él no reciba exclusivamente de sus adoradores, ó el
humo de las víctimas quemadas en sus aras, ó los olores del
incienso; nunca sus insultos. Unicamente á la mujer ofrecen
los poetas encomiadores suyos con harta frecuencia el perfume
de la alabanza con una mano y con otra el sucio vapor de la
calumnia, y si la ponen un día sobre las estrellas, la arrastran
otro por el barro. ¿Cuántos de sus más entusiastas adoradores
pudiéramos citar que, después de haber sembrado de flores el
camino de la existencia de la que había sido su dama, y de
haberla tejido esplendentísima guirnalda de encomios, han es-
cupido luégo su semblante y manchado su fama por el más leve
motivo á veces, sin causa las más y acaso por seguir las co-
rrientes de la moda ?
Y sin salimos del campo de nuestras literaturas, ¿quién
podría contar las poesías, y en cada una de ellas los denuestos
contra la más interesante y hermosa porción del linaje humano,
que se han escrito desde que el provenzal Marcabrús, á quien
su biógrafo califica de «maldieens e que dis raal de las femnas
e de amor», y Serveri de Gerona y el Monje de Montaudón y
otros cien trovadores lanzaron contra ellas sus violentos y li-
bres serventesios, hasta que Pedro Serafí , el último de los
poetas de la antigua escuela catalana, las puso en ridículo en su
sátira contra el matrimonio; sin que podamos presentar como
una honrosa excepción de la común costumbre de ofenderlas
en su reputación, ni siquiera al amante de Teresa, ya que en
tres ó cuatro cantos suyos, apartándose de sus usados tema y
estilo, les echa en cara sus habituales infidelidades, y llega á
tratar á alguna de ellas con sobrado duros y poco decentes ca-
lificativos?
Y volviendo, después de esta ligera digresión, á nuestro
asunto, sálenos al paso el ya citado Jaime Roig, quien en la
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desnudez de la expresión deja atrás á todos sus contemporá-
neos en decir mal de las mujeres.
Son muy conocidas las noticias biográficas que acerca del
primero de nuestros satíricos y famoso médico de doña Ma-
ría, la discreta y prudente esposa de Alfonso V de Aragón,
han visto la luz pública, para que debamos reproducirlas en
este trabajo. Que llegó á una edad avanzadísima, más déla
que se necesita para tener experiencia sobrada de los hombres
y de las cosas y para llevar al sepulcro copiosísimos desenga-
ños; que pasó por todos los estados de la vida y pudo conocer-
los muy bien todos para describirlos ; que le llamaba su natu-
ral inclinación á ver las cosas por su aspecto risible más que
por el grave, lo saben cuantos han oido hablar de él y de la
principal de sus obras.
Lo Ilibre de les dones ó deis concells es la de más extensión
de las de su género que posee nuestra literatura, pues se cuen-
tan en ella más de doce mil versos; y si bien éstos son tan
sólo de cinco sílabas, resulta no obstante sobrado difusa por
la excesiva abundancia de aquéllos, y por su disposición en
pareados por demás monótona.
Partiendo de la cristiana y provechosa máxima de que la
mejor de las obras de misericordia es enseñar y dar buenos
ejemplos á la inexperta y poco avisada juventud, él, que se re-
conoce ya viejo y que además vive alejado del mundo, cree
deber emprender la composición de su obra, si bien principal-
mente para uso de su amado sobrino Baltasar Bou, con el de-
seo también de que los jóvenes y hasta no pocos viejos no se
abrasen como incautas mariposas en la amorosa llama. Roig
finge ser él mismo el héroe de su poema satírico, que divide
en un prefacio y cuatro libros, y aquél y éstos á su vez en cua-
tro partes. De aquella circunstancia saca el señor Milá motivo
para considerar dicho poema como la obra que dió el plan y
abrió camino á una nueva especie de ellas , que lograron des-
pués excesiva boga en las letras castellanas, ó sea, á la novela
picaresca, género de suyo harto escabroso y expuesto á caídas,
en que ejercitaron no obstante su pluma ingenios tan sobresa-
lientes como Mendoza, Cervantes y Que vedo.
«Roig, ha dicho de él nuestro eminente crítico, es poeta sa-
tírico de mucho valer y uno de los pocos que acertó á perci-
bir con claridad y apropiarse nuevos aspectos de la naturaleza,
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y que supo además usar coa provecho de esa cualidad, gracias
al donaire y abundancia de su expresión. Hésele acusado de
exceso de erudición; mas este defecto, que es común á todos
los poetas de su tiempo, no se repara ó se repara muy poco en
su libro, y los que se han tomado por vocablos eruditos son
palabras muy familiares y muy hijas de la tierra, que salen
como á chorro de su pluma, cuando se propone calificar ó
describir.» El principal y más reprensible defecto de su libro
es la sobrada desnudez de los cuadros y la libertad de expre-
sión que lo afean, y que recuerdan en más de un pasaje las que
reinnn en muchos fabliaux franceses; defecto que no bastan
á cohonestar el fin que, como hemos indicado, se propuso al
escribirlo, y ni siquiera el que hubiese puesto como epígrafe al
mismo aquel versículo del Cantar de los Cantares : Sicut lilium
ínter spinas, sic amica mea ínter filias , como para dar á en-
tender que quería que refluyesen en honra y loa de la Virgen
la malicia y las malas artes que denunciaba de las demás mu-
jeres.
Como una muestra de su estilo y de la naturalidad y gra-
cia de sus descripciones trasladaremos el siguiente pasaje en
que pinta una tertulia de su tiempo :
En casa mia
Sino junyien
0 no córrien
Toros per festa,
Cascuna sesta
Fins llums enceses
Moltes enteses
(0 s’ho cuidaven)
Les que filaven,
Com diu la gent,
Ab fust d’argent,
S’ hi ajustaven.
També y cridaven
Jovens sabits
Ben escaltrits;
Llansats entr’elles
A coceguelles
Ells comensaven;
Puig salmejaven
De ses endresses,
Teles é peces
Que fan ordir
Ab bell mentir ;
Puig una clama
L’altre disfama,
L’altre despita,
L’altre sospita,
Altre flastoma;
Conten prou broma,
Tot de mal dien
E y afegien
Ab molts envits
Deis llurs marits
E s’en burla ven.
Aprés jugaven:
«Voleu palleta?
Daume man dreta.
Qui te l’anell ?
Do us est ramell.
Capsa ’b comandes,
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Ab ses demandes,
Un arbre y cant
Ocell donant.»
Mes dir rahons
Desvarions
E marevelles
De cent novel Ies
E facecies
Filosofíes
Del gran Plató,
Tullí, Cató,
Dant, poesíes
E tragedies.
Tols alterca ven
E disputaven ;
Qui menys sabia
Mes hi mentia ;
E tots parlaven
No s’escoltaven.
Aquellos acentos en que los poetas nombrados y otros de
inferior renombre habían exhalado con expresión más ó me-
nos afortunada sus sentimientos religiosos, ó dado acaso con
sobrada libertad rienda suelta á sus instintos satíricos; aque-
llas voces con las cuales se mezclaban á veces los cantos im-
pregnados de tristeza con que algunos imitadores de March,
y hasta los mismos poetas citados, cuando se proponían seguir
las huellas de éste, celebraban sus amores reales ó fingidos;
aquellas obras serias ó de burlas por cima de las cuales aso-
man, por desgracia para las letras con escasa frecuencia, — ya
que nunca fué la patria, con perdón sea dicho, del señor Fe-
rrer y Bigné (1) fuente preferente de inspiración para nuestros
(1 ) Termina este señor su erudita Reseña histórico- critica sobre los poetas va-
lencianos fie los siglos xm, xiv y xv, con estas palabras: podría deducirse (de
su escrito) con a>gún fundamento que el siglo xm, época de conquista personificada
por el rey don Jaime, es el siglo en que los poetas se inspiraron en la Patria; el
siglo xiv, que termina con San Vicente, es el siglo de la Fe; y finalmente el si-
glo xv % edad de oro de la literatura valenciana, enaltecida por Ausías March, es el
que completa el fam<>so y antiguo lema Patria, Fides, Amor.» Prescindiendo de
esta división, que hallamos por demás sistemática y no muy ajustada á la verdad his-
tórica, nos ha de permitir el señor Ferrer que le advirtamos que aquel lema no es
antiguo , como él le llama, ni histórico , como con menos fundamento todavía leape-
lida el señor Ba laguer en su Historia política y literaria de los Trovadores
(Tora. I, pág. 99) Y como pudiera acontecer que, apoyándose en la autoridadsuya
y en la de este último, una y otra muy respetables, otros escritores siguiesen cali-
ficándole de igual suerte, y fuese generalizándose la equivocada opinión, — que así
es como nacen y se perpetúan los errores en historia, — de que aquel lema fué el de
los Consistorios de Tolosa ó Barcelona, no creemos que tomen á mal ellos y cuantos
han calificado de antiguo y de histórico dicho lema, que les digamos que éste fué
ideado y por vez primera usado, junto con su sello, por los Mantenedores del año de
la restauración de los Juegos Florales, al tener que inventar uno y otro para aque-
lla naciente institución, de la que tiene á grande honra haber sido uno de los prin-
cipales promovedores, — otro fué D. Antonio de Bofarull , — el autor de este escrito.
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antiguos trovadores, — algún canto más varonil y digno de loa,
por ser patriótico, con que llora ó celebra algún otro poe-
ta, ora la muerte del príncipe de Viana (1), ora el sitio
de Rodas (2), ya la toma de Constantinopla (3), ya los he-
chos de armas del animoso Alfonso V ; aquellos acentos, aque-
llas voces, aquellos cantos, que se prolongan, aunque per-
diéndose de día en día, como ya en otra ocasión decíamos,
hasta principios del siglo xvi, son los postreros que exhala la
escuela catalana, discípula de la de Tolosa, hasta en las comar-
cas donde se había ostentado más fecunda, ó sea en el reino de.
Valencia. Allí, mucho más pronto que en nuestras tierras, la
lengua de Castilla pasó á ser la de los trovadores (4); de tal
suerte se adelantó en su cultivo, en daño del habla catalana, —
que fué alterándose allí más que en Cataluña y Mallorca, — que
ya al promediar aquella misma centuria, casi al propio tiempo
en que Lope de Rueda echaba los fundamentos del teatro nacio-
nal en Sevilla, hacía Timoneda en Valencia sus primeros en-
sayos en el arte dramático, que debían enriquecer pronto con
sus obras el canónigo Tárrega, Aguilar y otros ingenios con-
temporáneos del gran Lope de Vega; y que ya en los mismos
días en que florecía el poeta-librero, Almudevar, al editar las
obras de Roig y el Procés de les olives , lamentábase, en un
lenguaje que no distinguiría del que aquí en las tierras cata-
lanas se hablaba el gramático más perspicaz, de la ingratitud
de los que, olvidados de la leche que habían mamado, miraban
con desprecio las antiguas riquezas literarias de su patria, y
salía á la defensa de su idioma contra los que lo acusaban de
pobre y frío, siendo así, decía de él, que es muy abundante
y muy gallardo (5).
Por fortuna, á aquellos acentos y á aquellos cantos, hoy de
pocos conocidos y de menos estudiados, sobrevivieron los de
Ausías March, que fueron para los poetas valencianos de los
(1) Fogassot y Guillén Gibert: Diccionario de Autores catalanes.
(2) Francesch Farrer ó Ferrer. — Milá: Resenya , pág. 158.
(3) Un poeta desconocido — Ibid.
(4) El señor Ferrer se ve obligado á confesar, hablando de Vinyoles, que se
nota en él cierto desvío de la lengua materna. Otro tanto podría decirse de algunos
otros poetas de su tiempo.
(5) Epístola proemial ais ¡ectors } de la edición de 1561 de las citadas obras,
copiada por el señor Cerdá y Rico en sus Notas al Canto del Turia , pág. 423 y
siguientes.
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pasados siglos, como lo son para los del presente, cual la sa-
grada llama que, viviendo, hace que viva y arda en el pecho
de aquéllos y de éstos el amor á su antigua poesía.
Ausías March sobrevivió á la antigua escuela catalana, co-
mo sobrevivirá ala desaparición, — que retarde Dios muchos si-
glos, — déla lengua catalana como lengua hablada, al igual que
han sobrevivido Virgilio y Horacio al rico idioma de los habi-
tantes del antiguo Lacio. Los que habían sido sus compañeros
ó sus discípulos en vida y que habían gozado del privilegio de
leer sus valientes estramps y sus melancólicas esparsas , en co-
pias sueltas, que debían multiplicarse prodigiosamente al pa-
sar de mano en mano, al cabo de pocos años podían disfrutar
ya del placer de verlas reunidas en más ó menos lujosos ma-
nuscritos. Dudamos que de ningún otro poeta se hicieran más
colecciones de sus versos que de los del amante de Teresa. De
ellos, que sepamos, existen códices en la biblioteca del Rey,
del duque de Medinaceli, de Valencia; dos copias más moder-
nas, hechas en 1541 y 1542 por Pedro Vilasaló, una de las cua-
les existía en poder de Mr. Tastú, de quien sabemos por su
hijo que tenía reunido adundantes materiales para hacer una
nueva edición de sus poesías, y otra, según Perez Bayer, en
la biblioteca Escurialense (1). Hállanse además continuadas
sus obras poéticas, en todo ó en parte, en los Cancioneros
de París, en el de Zaragoza, y en el que posee entre sus
preciosas curiosidades bibliográficas el señor don Mariano
Aguiló. Más tarde, 1546, fueron otra vez compiladas las obras
de Ausías March en un manuscrito, ordenado, según advierte
don Luís Carroz en un prólogo puesto al frente del mismo, en
vista de varios antiguos códices y de las dos ediciones hechas
en Barcelona en 1543 y 1545,
Existen varias versiones de nuestro poeta, unas que han
visto la luz pública, si bien son rarísimas las ediciones donde
se encuentran, otras dos que permanecen todavía inéditas, y
algunas de las cuales ignórase el paradero. Es para nosotros la
primera la del famosísimo humanista valenciano Vicente Ma-
riner, quien transformó los cantos de amor de Ausías en ele-
gantes y fáciles elegías latinas (2). Esta versión fué dada á la
(1) Lo menciona Torres Araat en su Diccionario de Autores catalanes , ar-
tículo March (Ausías).
(2) El señor don Marcelino Menéndez Pelayo asegura en el Discurso quepro-
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estampa en Tournay en 1633 en 8.° por Luís Pillhet, con otras
obras en prosa y verso del mismo traductor. El original de dicha
versión, junto con otros escritos del citado humanista, existe
en la Biblioteca Nacional de Madrid, rotulado con la signatu-
ra F. f. 59. Gomo la edición de la traducción de Mariner es por
todo extremo rara, hemos creido que nos agradecerían nuestros
lectores que les diésemos, como en efecto lo hacemos, alguna
muestra de ella. Véase el apéndice núm. 4.
Trasladaron, aunque no con grande acierto, los versos de
Ausías á la lengua de Castilla Baltasar de Romaní, y más ade-
lante el conocido poeta y novelista Jorge de Montemayor. La
versión del primero, que contiene los cantos de muerte y los
morales y el espiritual, y únicamente veinte y seis de los de
amor, sin duda porque no contenía más el códice que, según
él mismo dice, halló entre los papeles de su casa, fué impresa
en Valencia por Juan Navarro en 1539. Si bien es una de las
cuatro ediciones que tenemos á la vista al escribir este traba-
jo, excusamos dar su descripción, por cuanto pueden hallarla
nuestros lectores, con grande inteligencia y exactitud hecha,
en el Catálogo de la Biblioteca Salva . Considérase con razón
la traducción de Romaní muy inferior á la del autor de la
Diana, ya por no haber comprendido siempre el sentido del
original, ya por haberse querido ajustar demasiado á él cuan-
do le pareció posible hacerlo, con grave perjuicio de la armo-
nía de los versos y especial medida de la lengua de Castilla.
La traducción de Montemayor, que únicamente contiene la
que él llamó primera parte, ó sea los cantos de amor, debió
darse á la estampa en 1560. Si bien ésta es más estimada por
los inteligentes que la de Romaní, peca en algunas ocasiones
de sobrado libre y en otras de inexacta.
Juan Pujol, presbítero de Mataró, poeta que floreció á úl-
timos del siglo xvi, que compuso un poema A la batalla de
Lepant , y á quien debemos colocar entre los admiradores é
imitadores de Ausías March , como lo prueban las Glosas
que compuso á varios de los cantos de éste, escribió, con el tí-
tulo de Visió en somni, una composición en que supone que
se le aparece aquel poeta, quien con grande enojo y por muy
áspera manera se queja de los que le han traducido sin com-
nunció en el ejercicio 2.° de sus oposiciones, que el Brócense tuvo el pensamiento
de traducir á Ausías March. Ignoramos de dónde tomó este dato.
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prenderle, y por lo tanto de Montemayor y de Romaní; pero
mucho más ásperamente de éste, ya que como valenciano es-
taba más en situación de interpretar sus pensamientos; ha-
ciendo en cambio grandes elogios del catalán Luís Juan Vileta,
traductor también de Ramón Llull, del cual dice que «solo
entre ciento es quien
Reny lo qui reny y grunya lo qui grunya
Qui sens dubtar ell vuy en Catalunya
Mos dits entent del tot y sens fallir (1).»
Si no fuesen apasionadas las alabanzas de Pujol, mucho
sería de sentir la pérdida de esta versión, que es una de las
dos á que antes nos referíamos, que no fueron dadas á la es-
tampa. Es la otra la que cita Mayans, escrita en octava rima
por el doctor don Narciso Arañó y Oñate, beneficiado en la
iglesia de San Miguel de Valencia, y que poseyó en su rica
V escogida librería aquel diligente y docto investigador de
nuestras riquezas literarias.
Respecto á las ediciones de las obras de nuestro poeta, nos
limitaremos á indicarlas, remitiendo para mayores datos á nues-
tros lectores al citado Catalogo de Salva y á los biógrafos Ro-
dríguez, Fuster y Jimeno; y son la ya mencionada de 1539 (2)
en los llamados caracteres góticos; otra del mismo año y de la
misma ciudad, citada por Rodríguez en su Biblioteca valen-
ciana , pero de cuya existencia dudan Salvá y otros bibliófilos,
no menos que él renombrados y eruditos; dos de Barcelona, sa-
lidas de las prensas de Carlos Amorós, una de 1543 y la segun-
da de 1545; otra de Valladolid del año 1555; otra impresa por
Claudio Bornat, también de Barcelona, en 1560, que pasa por la
más correcta; la que se tiene por la primera edición de la ver-
sión de Montemayor, dada á la estampa, según cree el señor
Salvá, en el mismo año de 1560; á la cual sigue, según algu-
nos bibliófilos, otra de Zaragoza de 1562; y por fin la de Ma-
(1) Diccionario de Autores catalanes , artículo Pujol (Juan).
(2) Del documento antes de ahora no publicado que trasladamos de una copia
que nos ha sido comunicada por don M muel de Bofarull en el apéndice núm. 5,
se colige que se proyectó poi un tal Luís Pedrol hacer una edición de las obras de
Ausías March, que hubiera sido, si se hubiese realizado, la primera de todas y por
lo tanto anterior ála de 1539.
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drid de 1579, en la cual se dieron por segunda vez á luz las
versiones en ella reunidas de aquel poeta y de Romaní. En 1864
el señor Briz, á quien tanto deben las letras y la poesía cata-
lanas, dió á la estampa en Barcelona una nueva edición de las
obras del elegantísimo y sutil poeta, con variantes sacadas de
las diferentes ediciones que para editarla tuvo á la vista, en-
riquecida con un fragmento que contiene varios cantos de la
versión de Jorge de Montemayor y el Vocabulario de voces os-
curas , publicado en la edición de Valladolid por Juan de Besa.
Hemos llegado al término de nuestra tarea. Ai Jurado que
ha de juzgarnos y después de él al público, si es que algún
día damos á la imprenta este trabajo, que ha de confirmar su
fallo, corresponden resolver si le hemos desempeñado ó no con
acierto. Acaso al acometerlo contamos sobrado con nuestras
fuerzas, ó nos hicimos la ilusión de que no sería de tan difícil
ejecución como vimos que en efecto lo era, una vez pusimos en
él nuestra mente y nuestra mano. Mas si pudimos engañarnos
en eso, no nos aconteció lo mismo respecto del tiempo que se
nos daba para llevarlo á cabo, que le tuvimos desde luego por
muy escaso, si el mérito de la labor había de corresponder á la
alteza y á lo difícil del sujeto. Y sin embargo, de mucho menos
aún del que se nos concedía hemos podido disfrutar para compo-
nerlo: y si bien ya sabemos que esta circunstancia, puramente
personal, no ha de ser tomada en cuenta para atenuar la seve-
ridad del fallo y hacer que se incline en nuestro favor la vara
de la justicia, la invocamos aquí y la hacemos pública para
tranquilizar nuestra conciencia, y para descargo ante el público
de nuestra pobre reputación como escritores.
Mucho desconfiamos de que nuestro humilde escrito alcan-
ce la joya ofrecida como premio. Pero de todas maneras ten-
dremos motivo de felicitarnos de haberlo emprendido, porque
á medida que íbamos adelantando en él, íbamos al propio
tiempo estimando más al poeta y las obras objeto del mismo.
Antes amábamos ya á Ausías March y le teníamos por el Prín-
cipe de nuestros trovadores : hoy sentimos por él un verdadero
entusiasmo y le ponemos por cima de todos los poetas líricos,
propios y extraños, que florecieron en el siglo xv. Por esto,
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si tuviésemos esperanza de que nuestra voz, á la cual senti-
mos en este momento que le falte la autoridad que da un pre-
claro ingenio, ó un nacimiento menos humilde que el nuestro,
pudiese ser oida de los poetas valencianos, les pediríamos la
realización de dos grandes hechos que enaltecería por todo ex-
tremo á su patria y á ellos, á saber: primero que interpusieran
su poderoso valimiento para lograr de sus corporaciones popu-
lares la realización del laudable propósito que se concibió hace
algunos años, y que ignoramos por qué motivo no se llevó á cabo,
de hacer una edición monumental de las obras de su gran trova-
dor; y en segundo lugar, y para honrar dignamente por su parte
la memoria de éste, que restaurasen su habla literaria, purifi-
cándola y templándola en las abundantes y cristalinas fuentes
del idioma de Ausías y de sus mejores poetas de los siglos xv
y parte del xvi; única manera, á nuestro modo de ver, de evitar
que llegue más pronto de lo que ellos quisieran el triste día en
que digan los hijos de su país: «no leérnoslas obras de nuestro
gran poeta, porque están escritas en una lengua para nosotros
muerta.» La edición de las poesías de Ausías March sería un
monumento destinado á dilatar su fama; la restauración de la
lengua literaria en que escribió él sus versos sería el medio
de que jamás desapareciese de la memoria de los hombres.
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APÉNDICES.
Núm. i, pág. 20. — 1361 (20 de Febrero). «Jaume March miles,
ápoca á Bernardo de Ulsinelles, caballero y doctor en leyes, á la vez
que tesorero real de 300 sólidos, resto de aquellos 5,000 que se le
debían según el siguiente albará.» «Jo en P. March, maestre racio-
nal de la córt del Senyor Rey atorch á vos en Jaume March, de casa
daquell mateix Senyor, que per la dita córt vos son deguts quinqué
mille sólidos barcinonenses los quals lo Senyor infant en P. de Ri-
bagorza é d’Ampurias compte vos ha donats graciosament en ajuda
de las messions que faes en vostre matrimoni é los quals jo per ma-
nament del Senyor Rey á mí fet de paraula, é de voluntat del dit
Senyor infant li he fets escriure per abatuts en lo dors de un albará
á ell fet per mí que fo escrit en Valencie III dies del present mes de
fabrer, ab lo qual era deguda per la córt del Senyor Rey major
quantitat al dit Senyor Infant per les rahons en lo dit alberá con-
tengudas. En testimoni de la qual cosa vos he fet lo present alberá
segellat ab lo del dit meu offici. Scrit en Valencie XX dias del mes
ffebrer anno Domini MCCCCXXX Quarto.»
Núm. 2, p. 22. — En Ferrando per la gracia de Deu Rey d’Aragó,
de Sicilia, etc., ais nobles, amats é feels nostres Mossen Ramón
Dempuries, procurador en lo Comptat Durgell ó son lochtinent,
Veguer et altres officials de la ciutat de Balaguer et al curats Vi-
cariis et altres ecclesiastichs de la dita Ciutat salut et dilecció. Com
los parents et amichs del amat nostre Mossen Pere March quon-
dam, vullan et antenan apostar la ossa del dit Mossen P. en la
Ciutat ó Regne de Valencia, á vos dits nostres officials manam etá
vosaltres dits ecclesiastichs monestam que , encoatipent com ne se-
rets request per los parents et amichs dél ditdeffimt ó altre per ells
los liurets la dita ossa la qual es en aquexa Ciutat soterrada per
90 que aquella puxan portar en lo dit Regne ó Ciutat de Valencia
é ferne aquella solemnitat que ’s pertany et apó per res no mudets
ó dilatéis en alguna manera sins entenets servir et complaure. Dada
en la Vila de Morella sots nostre segell secret lo primer dia de Agost
en lany de la Nativitat de Nostre Senyor mil-CCCCXIV. Rex Fer-
dinandus, etc. — Archivo de la corona de Aragón, fól. 81, quinto del
registro, núm. 2381.
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— 88 —
Núm. 3, pág. 35.— Al molt alt é molt excellent Senyor lo Se-
nyor Rey. — Molt alt é molt excellent Senyor: — No ha molts jorns
passats scrivim á vostra Senyoría de 90 que dins aquesta Ciutat
havíem fet per vostre manament segons lo cárrech que havíem en
nostres memorials. Apres Senyor som stats á Gandía, hon solament
avem trobat que á vos se sien proferts mossen Lois Daragó et Au-
sías March. Es ver que mossen Bernat de Vilarig hi mostrá gran
voluntat pero no pot per la via del duch. Apres Senyor som stats
á Xátiva, de hont solament avem aut hun deis filis de mossen Ber-
nat de^Puig. Es ver Senyor que tot hom ha gran voluntat en -servir
vostra Senyoría, mas los huns no poden et los altres han faenes.
Mas de la major part deis queus han respost ha hom algún senti-
ment que en cas que vostra Senyoría ne donás guatje hi hirien
molts donan tíos algún acorriment. Car en veritat Senyor lo mils
dispost haurá prou afer ates que noy pot hom trovar hun ro9Í. E
jatsia Senyor que per nostres memorials no es manat que tornem
aquí, pero atenent vostra presta partida á nosaltres Senyor seria im-
posible anar aquí et esser prets á la fy del juriol et la principal rahó
per los rocpns é per tal Senyor segons trametem á vostra Senyoría
los memorials ab les respostes de cascuns, suplicant vos Senyor se-
gons avem en altra letra queus piada donar nos licencia que no
ajam anar aquí. Car los dits memorials va tot 90 que poriem dir.
Altres coses á present Senyor molt excellent noy ha que scriurer
dejam á vostra Senyoría sino quens man com á humils vasalls lo
qual Nostre Senyor aja en sa continua guarda donant vos 90 quel
vostre cor desiga. Scrita en Valencie lo primer de juliol. — Senyor
molt excellent.— Los indignes embaxadors vostres qui besant vos-
tres peus et mans se recomanen humilment en gracia et mercé de
vostra Senyoría. — Archivo de la corona de Aragón. Cartas reales
sin fecha del reinado de Alfonso IV de Cataluña, V de Aragón.
Núm. 4, pág. 82. Como muestras de las traducciones hasta aho-
ra conocidas de Ausías March damos la del primer canto de amor,
«Qui no es trist de mos dictats no cur», y la del canto que empieza,
^ «Cervo ferit no MNMft la font» una y otra en latín, por Vicente
Mariner, y las dos castellanas de este último, hechas por Baltasar
Romaní y Jorge Montemayor.
TRADUCCION DE VICENTE MARINER.
Elegía I
Qui non tristis adest nunquam mea carmina curet,
Aut cui non pressit pectora mceror atrox,
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— 89 —
Quiquae malis tritos vexantibus artus,
Non ad tristitiam quaerat acerba loca.
Carmina nostra legat, mentem quatiatque tumulto.
Arte carent stulti mente renata viri
Ad causam impellit quae in tot mea corde dolores
Novit amor poena quae mihi causa fuit.
Pars quaedam e non parva quidem reperitur
Laetitiae magnae tristis in ingenis amcenae
At si me pressum cuncti videre dolore
Magnis laetitiis mens fuit acta mea.
Utque meo simplex persistit corde Cupido,
Sic laetor vicem videre in orbe nihil.
Et quia gesta sua intento vel publica nosse
Tum mea vel mixto corde dolore levat.
Jam veniet tempus deserto ut pectore vivam
Ut possim melius cernere amoris opus.
Vitae hujus miserae jam sit vel nemo miserius.
Me nam saepe suis aedibus arcet amor.
Ast ego per se ipsum qui tantum diligo amorem
Nec daré quae ipsae potest muñera magna negó.
Tristitiae nunc corda suae mea tradere tentó,
Et toto mecum tempore tristis ero.
Ingenioque meo vix tándem educere possum
Donum esse eximiis majus ubique bonis.
Moerorem potius quam tot sua guadia adire,
lili nam languor dulcis ubique subest.
Delitiae nostrae magnae pars maxima substat,
Haec quam vel quisquis jam sibi tristis habet
Dum luget, praebent illi nam gaudia luctus,
Laetaque sub toto pectore corda ferunt.
Sic est asiduis quasi subge mat obrupta tellus
Planctibus, inque illum ferveat orbe dolor.
A multis studeo reprimi, cogoque vicissim
Tantum non tristi pondere vita noscet.
At qui oculis ego saepe meis sua commoda vidi,
Jam sua damna peto, gaudia namque licent.
Nemo sciet, fuerit si non expertus et acer
Quot secumgestet gaudia solus amor:
Ejus qui vero Paphiae tenet ulcere tela
Ac si se tali cernat amore premi.
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EPIGRAMMA.
Flor ínter spinas, faciat Deus undique poseas
Per te me vitae dura subiré mala.
Robore namque meo in lapsus me amor injicit atrox
Absque suo cui ingens vis sine fine subest.
LIBER SECUNDUS. — ELEGIA TERTIA.
Concursus cervus non sic fontem appetit ipsam,
Ceu ego jam cupio semper adesse tibi.
Et réquiem ingentem ducunt quam gaudia summa,
Hoc solum possutn ponte subiré mihi.
Tarda est illa dies quam tantis viribus opto,
Emi quam multo saepe dolore meo.
Et cito vel tarde venturam hanc arbitror esse;
Si mors fortasse non secat ipsa viam.
Spe labi aut possum certumque relinquere donum
Nam te sic cupio majus ut omne bonum.
Te peto nam nullis, in me te concito telis,
Dum tua donentur pectora chara mihi.
Mens si vel parvo secedit tempore nostra
Pectus vel nobis credere adesse tuum.
Hoc sine non possum desuniere gaudia laeta,
Si vivit adhuc jam cito morte ruet.
Ante oculos video peenarum culmina montis,
Cassibus et nostris muñera firma fero.
Et meus altus amor poterit depellere cuneta,
Si tuus estque meus, nec mihi mons ut adest.
lile ut descendet, noster labetur et idem
Si cadit ex alto, vulnera magna feret.
Extremum quoniam extremo dum traditur ipsi,
Sorti infcelici non bona dat miseri.
Saepe Deum quodeumque die precor indigne summe,
Cujus causa quidem vel tibi major adest:
Solum ut forte meo sensus tuus ardet amor,
Et precor ut vires jam tibi donet amor.
Extremisque adero si praestitit ista Cupido,
Si quo in te sedeat invenit ille locum.
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— 91 —
Multa sede quidem in nobis furor assidet ejus,
Pugna etiam prestat: nolumus arma tamen.
Atque tuos casus timeo vel noscere quosdam,
Nam dubito ne iliis stet tuus al tus amor.
Haec quoniam ignoro, multo est mea vita dolore,
Nescio quod servem semper ab igne latus.
In te non equidem mea gaudia plena supersunt,
Etsi plena velis protinus esse mihi.
Consilium invitum tua corda Cupidinis urgent,
Inque illo et tecum stant mea tuta bona.
Ne timeas nostram cuneta haec depellere mentem,
Et varium nostri cogere cordis opus;
Servitiis etenim committent robora firma,
Tales nam ser vos maximus optat amor.
Si invidiam tantis sentís sermonibus ullam,
Semper amore cares quod velit et dubitas.
Hic quem morbus agit stabili non sede vagatur,
Atque putas motus esse tibi réquiem.
Si tibi non fidis vet quantum pectore polles,
Hunc zelum rigidum dat mihi tantus amor.
Corporis atque tui haud timeo, vel denique vires,
Ne in me quid facerent quod daret inde necem.
Pectus amo saltem quod vel mea pectora tangat,
Nam timeo te altum semper amare Deum.
Delitiisque tuis crescunt mea damna vicissim,
Si ipso doles, damno laberer ipse tuo.
EPIGRAMMA
Praecipuum ut donum finem a te spero nostrum,
Praesenti nimium laetor ut ipse die.
Si vel praesenti fortunae maereo casu,
In me jam casus denique nullus erit.
TRADUCCION DE BALTASAR ROMANÍ.
Ciervo herido no desea la fuente
Con tal deseo qual yo de veros siento:
El gran reposo de mi contentamiento
Hallar no puedo sino por esta puente:
Más tarde viene dia tan desseado,
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1
— 92 —
Mercado caro con mucho suspirar;
Tarde ó temprano yo sé que ha de llegar
Si mi camino por muerte no es cerrado.
De esta esperanza no puedo ser echado
Pues mi desseo de honesto bien me viene,
Y cosa al mundo se que no detiene
Sinó el querer que nunca me habeys dado:
Mi pensamiento no pierde solo un punto
De contemplar cómo podría ser;
Mas no es possible : fáltame el merecer
Bivo en vos, y para mí defunto.
Un alto cerro de males me detiene
Y al otro cabo tengo el contentamiento;
Menoscabar podrá el querer que siento
Si el vuestro mueve y no muestra que viene:
Mi fantasía subir á lo alto piensa
Por donde yo su gran caida temo,
Que á todo extremo es dado un otro extremo,
Y en baxo estado no es grave la ofensa.
De cada hora estoy rogando á Dios
De lo que en vos está la mayor parte,
Que mi querer haya en el vuestro parte
Y que amor ponga el suyo todo en vos;
Haciendo esto sabríades dextremos;
Mas yo no veo en vos donde estén puestos;
Su pasión entra en lugares dispuestos
Y contrastarles se puede y no queremos.
Nuevas de vos más que la muerte temo,
Que por un cabo dudo de vuestro olvido,
De otro el desseo de saber ma vencido;
De cada parte ay fuego do me quemo:
No es en vos complir lo que yo pido,
Nunca queráis á vos mismo forzaros,
Porqués forzado con amor consejaros
Que en los dos puntos está mi bien cumplido.
No harán cosa en vuestro desservicio
Mis pensamientos ni dél se mudarán;
Mas á firmeza sujetos estarán,
Que assí los quiere amor en su servicio:
Destas razones si algún pesar habéis
Sin amor sois ó no sabéys que quiere;
No seréis firme si este mal hos hiere;
Lo que es movible por seguro teméis.
Si quanto debo de vos yo no confío
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Mi gran querer me trae en este zelo,
No porque temo vuestra virtud un pelo,
Mas sois tan alta que de mi desconfío:
Ved que locura es la que tengo en esto
De vuestro espejo soy tan envidioso
Que de vos mismo me hace ser zeloso
Sin pensamiento de acto deshonesto.
TRADUCCION DE JORGE DE MONTEMAYOR.
Con sed el caminante no desea
Lo medio que yo á vos la clara fuente,
Al bien que el alma y cuerpo señorea,
Jamas podré pasar por otra puente;
El día tarda mucho aun que así sea,
Y cómprolo á mi costa caramente,
Mas él ha de llegar tarde ó temprano
Si muerte no le estorba y va á la mano.
No puedo de esperanza ser privado,
Pues como el mayor bien á vos deseo,
Y cosa no os estorba haberme dado
Vuestro querer, el cual jamas poseo;
Si yo en mi pensamiento os he alojado,
Imaginando ver lo que no veo,
Sin él no puede haber deleite junto,
Y todo, si no es él, será difunto.
Delante de mí está un monte de dolores
En ver que nadie basta á contentarme;
Menoscabar podría mis amores,
Los vuestros no queriendo remediarme:
Yo bajo si ellos bajan á menores
Y si de alto caen no hay turarme;
Así que cierto su caida temo,
Que á todo extremo es dado otro extremo.
Mil veces me veréis á Dios rogando,
La cosa que está en vos muy grande parte
Y el gran poder de amor está invocando
Que alcance mi querer del vuestro parte :
Y entónces iréis su extremo experimentando,
Si en vos hallan lugar por algún arte,
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— 94 —
Porque en el más dispuesto entrarse vemos,
Pudiendo cóntrastalle no queremos.
Por una parte con temor de olvido
Saber nuevas de vos, señora, temo,
Por otra por sabello estoy perdido:
¿A cuál iré si en ambas ardo y quemo?
Mas nunca hallo en vos cosa que pido,
Aunque queráis hacello por extremo:
Amor os debe aconsejar forzado,
Y si lo hace soy resucitado.
Y no temáis en ver que va pasando
Por tanta variedad mi pensamiento,
Que seros servidor me va afirmando
Y de los tales vive amor contento:
Si de esto os enojáis que estoy hablando,
El corazón tenéis de amor exento,
Y el más movible por lugar seguro;
Y no hay en vos firmeza ni amor puro.
Si en vuestro gran valor no me he fiado,
Mi gran querer lo hace y me deshace:
Tener yo á vuestro cuerpo, es excusado,
Pues ningún mal me puede hacer ni hace:
Querría vuestro amor verle ocupado
Del todo en mí, y áun no me satisface,
Que si algún mal pasáis os doláis de ello
Sin yo propio también hallarme en ello.
Núm. S, pág. 83. — Sa. Ce. y Ca. Mag. — Luis Pedrol, de
muchos días á esta parte á procurado de aver á su mano y juntar
todas las obras de Ausías March poeta catalán que en muchas par-
tes derramadas y casi perdidas se hallavan nunca hasta agora im-
presas y aquellas corregir de muchos vicios que por descuido de los
escriptores en ellas avía á fin de 'que assí correctas, juntas y redu-
zidas á su devida forma se imprimiessen y la memoria de tan digno
varón jamas se perdiesse, y porque en ello á sostenido muchas vigi-
lias costos y trabaios suplica por tanto á V. Mag. sea de su merced
concederle privilegio que las pueda hacer imprimir y que nadie en
los reinos y señoríos de V. Mag. sin su expresso consentimiento
las imprima ni á ellos se traigan vendibles de otras partes dentro
de tres años so las penas en los tales privilegios sólitas y acostum-
bradas que en ello el dicho Luis Pedrol recibirá merced muy sin-
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guiar de V. Mag. Quam Deus, etc. Reverso . — Luis Pedrol supplica
lo el Almirante de Nápoles. — Supplica por privilegio para poder
imprimir las obras de Ausías March poeta catalán que las ha reco-
pilado y enmendado con gran trabajo por tres años que otro no las
pueda vender en vuestros reinos de Mag. — fíat. — Que se vea pri-
mero por alguna persona que... — Archivo de la Corona de Aragón:
Colección de Cartas y Memoriales.
FIN.
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universijy of caufornia ubrary